Viernes 16 de febrero. No podía ser otro día.
He bajado a pasear al perro y le he encontrado sentado en su habitual banco. Nos hemos mirado y nos hemos dado las buenas noches. Tras un paréntesis silente en el que, como es habitual en él, observaba detenidamente a mi perro con una sonrisa moderada, me ha preguntado:
(HP) ─ ¿Conoce a ‘gato’?
(Yo) ─ ¿Perdón?
(HP) ─ Si perro conoce gato…
La verdad, no tenía ni puta idea de lo que me estaba preguntando. ¿Perros, gatos? Intenté salir del paso como pude. Creo que lo conseguí.
(Yo) ─ Es que por aquí no hay muchos gatos, antes había más… pero ahora… No se ven casi, la verdad.
Se dio cuenta de que no le había entendido, por lo que hizo un esfuerzo para aclarar su mensaje.
(HP) ─ Yo tengo uno gato.
(Yo) ─ ¿Un gato? ¿A sí? ¿Pero grande o pequeñito?
(HP) ─ No, grande…
(Yo) ─ ¿De qué color es?
(HP) ─ Dorado.
(Yo) ─ Aha. ¿Pero lo tienes aquí o en tu país? ─ dudaba entre tutearle o tratarle de Vd.
(HP) ─ No, no, aquí. (Señalando a la pensión).
(Yo) ─ ¿A sí? ¿Y no lo sacas a la calle?
(HP) ─ […].
Ahora era él el que no entendía mi mensaje, o quizás la pregunta le había evocado a la reflexión. Permaneció callado un par de segundos.
(HP) ─ Ahora lo bajo…
(Yo) ─ No, hombre ¡A ver si se va a escapar! Para qué quiero más…
(HP) ─ No, no escaparse, muy bueno ─ murmuraba, mientras se dirigía a la pensión.
Miré hacía mi balcón, la luz estaba iluminada. Vi a mis padres saludándome y bajando la persiana. Habían llegado a casa, pero lo que ellos no sabíanera la efervescencia argumental que se estaba llevando a cabo entre el hombre de la pensión y yo. Sin dudarlo ni un instante, cogí el móvil y marqué el número de mi madre.
(MA) ─ ¿Qué pasa?
(YO) ─ ¡Mama! El hombre de la pensión me ha dicho que tiene un gato y que ahora me lo va a enseñar.
En aquél preciso momento, la puerta de la pensión se abría. Tenía el gato en brazos.
(YO) ─ ¡Mama, te cuelgo que ya sale!
Mientras el hombre se acercaba a mí, observé que mi perro estaba cagando. ¡Mierda! (valga la redundancia).
(YO) ─ Un momento, es que está haciendo ‘caca’... (Qué fino me quedó, coño. Nada propio en mí, todo sea dicho).
El hombre asintió y esperó a que recogiera la mierda con una bolsa cuyo grosor es extremadamente fino, por lo que permite palpar la textura y la calidez de las heces que mi perro expulsa gentilmente a diario. Tiré el excremento, la mierda, el zurullo, mojón, celemín, a la papelera.
(YO) ─ Ya está.
(HP) ─ Mira.
(YO) ─ ¡Ui, qué grande!
(HP) ─ Si… ¡Acércalo! ─ ordenó, refiriéndose a mi perro.

(YO) ─ ¡Mira, cariño, mira quién hay aquí!
Mi perro flipó al ver un felino de semejantes dimensiones. Se trababa de un gato persa con una frondosa melena de pelo anaranjado.
(YO) ─ ¿Cómo se llama?
(HP) ─ ‘Mari[..]ica’.
(YO) ─ Ah…
Para variar, no me enteré de lo que me había dicho. Mientras intentaba digerir, inútilmente, el nombre del gato e intentar extraer un mínimo significado coherente, vi aparecer a mi madre. La curiosidad había podido con ella. No pudo evitar bajar a compartir el ‘momento gato’ conmigo. Ella era cómplice de mi excéntrica historia con el hombre de la pensión, cien por cien voyeur y bohémica.
(MA) ─ Oish… ¡Qué bonito, qué grande que es eh!
(YO) ─ Si…
(MA) ─ Mira, un amiguito─ le dijo al perro, invitándole a acercarse al gato y saludarle.
No había manera, mi perro no quería saber nada de gatos. Sin embargo, le ‘animé’ (obligué) a acercarse mediante un seco tirón de correa. Automáticamente, el gato, como era de esperar, se subió al hombro derecho del hombre de la pensión, bufándose ariscamente. Pude apreciar cómo su dueño camuflaba el dolor causado por las afiladas uñas que penetraban su pantalón mediante una protocolaria sonrisa. Otro actor, ya éramos dos.
(YO) ─ ¿Le puedo tocar?
(HP) ─ ¿Cómo?
(YO) ─ Que si le puedo tocar… ¿No araña?
(HP) ─ No… Muy bueno, no arañar.
(YO) ─ ¿Seguro? ─ le pregunté, incrédulo.
(HP) ─ Seguro, tócale.
Le toqué, le acaricié la cabeza. Su pelaje ofrecía una suavidad digna de anuncio de Mimosín, Lavado con perlán, o Norit.
(YO) ─ ¿Cómo me has dicho que se llamaba?
(HP) ─ Marinica.
(MA) ─ ¿Marinica?
(HP) ─ Sí, Ma-ri-ni-ca.
(YO) ─ ¿Qué significa?
(HP) ─ Ehm.. En mi país… No sé si poder decir… Tu madre delante… En mi país… Como hombre, hombre…
(Mi madre y yo pensamos que significaba ‘gay, maricón, mariquita’, pero que, por precaución, no se atrevía a decirlo).
(HP) ─ Hombre con… con perdón… hombre con ‘dos cojones’…
(YO) ─ Ahps. ¡Hombre, hombre! Un buen macho.
(HP) ─ Eso, un bueno macho.
‘Igualito que yo, vamos’ (pensé).
(MA) ─ ¡Caramba, cómo salta eh!
(HP) ─ Si, yo cuando voy a dormir, digo ‘Abajo’, y salta encima mío, abrazarlo ─ confesó sonriendo y con ojos vidriosos.
El hombre de la pensión miraba a su nuevo compañero con afecto, se notaba que le había cogido cariño. Ya no estaba sólo, tenía una compañía que le llenaba los huecos que su pasado le había dejado y/o le había impuesto.

(HP) ─ Bueno, Marinica, di adiós, nos vamos para casa.
(YO & MA) ─ Ale, a dormir, jeje. Que vaya bien, buenas noches.
(HP) ─ Buenas noches.
Suspiro, sonrío, me alegro por el hombre de la pensión. En su vida ha aparecido una excusa, un motivo que le mantiene ocupado y le da calor en las frías noches de invierno.