03 January 2009

Winter Holidays

‘Another year’s over, a new one just begun’. Although most people relate New Year with new resolutions, in my case, the real New Year starts, from my psychological point of view, in September (as the new Academic Year gets started).

Now that Christmas has practically gone, and I can strongly confirm than the older I am, the more I hate Xmas. Why do we eat so much throughout these days? Why are we supposed to be suddenly happy and empathetic with others? Bah, it really disgusts me: what a non-sense and hypocritical tradition. Instead of Christmas Holidays, they may be called “Winter Holidays”, just like summer’s. From this ‘neutral’ treatment, religious people would be free to add their personal and additional holy strikes; this way, nobody would feel forced or dragged by Catholic and twaddle roots.

Anyway, at least we, teachers, have a couple of weeks off, which nowadays are worth their weight in gold!

Once more, drown by crowd, I feel in the need of wishing you, whoever you are, all the best for this 2009.

08 November 2008

YES WE CAN. CONGRATS!

Congratulations Barack.Congrats US. Congrats World. Yes, we could!

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27 October 2008

US ELECTIONS

Some days ago, I tried to participate in a sort of contest (organized by an online newspaper) which consisted of devising/inventing an advertising slogan/pic in order to support any candidate for next US president or just promote voting. Although my ancient computer didn't let me participate, I thought and created the following messages (Pics I made myself in NY last August).

I hope US citizens to be critical enough to vote and achieve the change we all need (since world's gears directly depends on what goes on in the States).

18 September 2008

"TE QUIERO, BARCELONA"



Fortunately, I could see Allen's "Vicky Cristina Barcelona" before I expected (released in NYC on August 15th). Although it wasn't easy to find a theatre showing the movie, and after hours walking and asking around Manhatan, I finally found it out. Just as written in the previous post, after watching the mentioned movie, apart from being highly proud of living in Catalunya, I was a bit homesick. I really felt like putting on my Camper-Locus trainers and walking around BCN by looking down at the modernist tiles which shape its roots.

Some days later, I celebrated my cousin's b'day in a restaurant set in BCN's Eixample. After having dinner together, we walked around the city for a while. Having my camera, trainers and tiles ready to be immortalized, I took this picture. As Charlote would say... "Loooooovely".


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SCARY SHADOWS


I got so many anecdotes and things to explain about my trip to New York... Since, to be honest, I don't feel able to summarize it in just one paragraph, I am just going to share with you some feelings I had in a certain moment of my stay in the States. Maybe, another day I'll write something else related to it.


Liberty Island, NYC. I look at Manhatan's skyline. I can't move the smoky Twin Towers picture away from my mind. I can't help thinking of Madrid's plane crash. Despite all these misfortunes, I feel in the need, I MUST, enjoy the vacation, I have to concentrate myself on the 'unique and enviable' moments I am tasting. Thanks to Woody Allen's "Vicky Cristina Barcelona", a fleeting homesick whips my senses during some seconds. Fortunately, it doesn't last that long.

16 August 2008

I'm just CRAZY about Tiffany's

Next week I am visiting New York. I am really looking forward to get into Tiffany's & co and smell the Adrey flavour I am sure it still shines.

31 July 2008

MAREA BAJA, MAREO ALTO

Paseando por el sur de la costa Británica observando un paisaje compuesto por cuatro capas básicas: piedras (rocas...), arena húmeda, orilla del mar y cielo extremadamente azul. Las pieles pálidas se han teñido de un rojizo-rosado que los disfraza de apariencia porcina. Gambas andantes, chinas-japos-koreanas con paraguas-repelentes-de-sol, polacos en manada familiar y diez catalanes deambulando, disfrutando, por un ‘seafront’ envidiable. Geriátrico, pero anhelado.

Agradezco poder pasear, gratis, disfrutando de la playa, del sol y de un clima primaveral, envidia de much@s en el mes de julio (casi agosto). A pesar de no sufrir las húmedas llamas del infierno climático que vivimos en España, veo una cola interminable de familias inglesas sedientas por sofocar el calor con un delicioso helado y decido unirme a ellas. Muchos helados me resultan familiares, otros no los había visto en mi vida. Me decanto por un helado lleno de ‘sprinkles’ multicolores, añoro la pluma que tanto me entretiene en Barcelona. Busco un hueco, cavo un agujero entre el pelaje rocoso, y entierro mi culo. Adiós envoltorio, bienvenido seas, paraíso. Me dispongo a lanzar el primer mordisco, pero algo llama mi atención. Observo el mar tras el helado plumoso. Marea baja, aguas considerablemente calmada, clima ideal, familias relajadas y disfrutando de sus vacaciones. ¿Se avecinará un Tsunami? Mejor no pensar. Mis muelas envían una carta de reclamación a mi cerebro con la palabra “Sensibilidad al frío” como asunto. Saboreo el helado, cierro los ojos, siento un cierto mareo.
Resumen: Observo las 4 capas, compro el helado, me siento, analizo la marea, hago la foto, primer mordisco al helado, me mareo. Minutos después estaré ante un policía dando explicaciones. Un día después catando vino ante más de cien personas. Dos días después en un balneario. Tres días después fotografiando a travestis escandalosas. Dios sabe, o no, qué haré el domingo.

26 April 2008

TRAYECTO EN AUTOBÚS

A pesar del horrible cóctel de olores, microbios y politonos telefónicos, viajar en autobús es una experiencia que me apasiona. Me gusta sentarme tras la última fila de 4, ya que ésta me brinda una perspectiva orgásmica para todo aquél con espíritu de voyeur no oculto. Disfruto, como gran parte de ciudadanos, observando al resto de viajeros, fisgoneando qué leen, qué escuchan, de qué hablan por el móvil, qué estarán pensando, qué será de sus vidas.

Hace pocos días cogí un autobús para volver a casa. Llovía, estaba cansado, y me daba mucha pereza caminar Rambla abajo. Una vez aposentado en la última fila, empecé a alimentar mi perversa mente mediante un mediocre ejercicio de especulación que, a continuación, expongo mediante el análisis del primero de los dos elementos que llamaron notablemente mi atención:

LIBRO FORRADO CON PAPEL DE PERIÓDICO

Me llamó la atención una chica, ventiañera, estilo hippie ─no piojoso, ni jipioso─, la cual parecía estar leyendo. En sus manos sostenía un libro cuyas tapas estaban forradas con papel de periódico. La ocultación, el morbo por saber qué y porqué esconde, el misterio en general, despierta en el ser humano unas compulsivas ansias por construir una argumentación de lo desconocido. Lo tenía en bandeja, oportunidad única para hacer un esbozo de lo que se escondía ante aquellas estúpidas tapas supuestamente protegidas con papel de diario. Muchos diréis que la protección, la conservación de la integridad del libro, justifica dicho acto.

De hecho, cuando era pequeño, esperaba impaciente la primera semana de septiembre para comprar los libros de texto y embarcarme la arriesgada aventura de forrarlos. Recuerdo nítidamente el ritual: comprar el forro de plástico en Carrefour (por entonces, Continente o Pryca), cortar las solapas con un impecable tajo diagonal, plegar las dobleces y, finalmente, con una regla (que posteriormente, al ver las interminables burbujas de aire resultantes de mi poca maña, substituí por un trapo), extender el forro por las tapas.

Según mi madre, forrar los libros con periódico era una práctica muy extendida en su época. Sin embargo, me temo que la susodicha lectora del autobús pretendía hacerse la ‘cool’, alternativa o, si más no, llenar el vacío de interés que despierta atrayendo miradas incrédulas del resto de pasajeros.

Supongo que también hay gente que recurre a dichas fundas integrales de papel de periódico porque hay según qué tipo de literatura, si es que así se le puede llamar, de la cual no es difícil avergonzarse cuando se muestra en público y se empieza a leer.

Existe otra posibilidad, más cercana a la una más que probable conspiración y un crimen literario, digna de ser sinopsis de un film ‘noir’. La asesina, camuflada bajo la piel de lectora compulsiva, lee decenas de novelas negras con el fin de inspirar las raíces del que será un crimen pasional, retorcido, premeditado, frío y oscuro, muy oscuro. Tras empaparse de infinidad de ideas homicidas, lleva a cabo su plan. Se dirige al domicilio de la víctima. Ésta, dejándose llevar por un estúpido protocolo que, como opción, encaja en una preocupante mayoría de contextos, le ofrece café y se dirige a la cocina para prepararlo. Mientras tanto, la asesina última detalles, prepara las armas que brindarán a la víctima un estupendo viaje hacía el final (o el principio, según cómo se mire). Tras cometer el crimen planeado, abandona el domicilio sin darse cuenta del mayor de sus fallos: el periódico destiñe, deja las manos impregnadas de un color áspero y grisáceo y, además, es un claro delator de nuestra presencia.

El segundo elemento que me gustaría analizar lo he titulado “Sonrisa Perpetua”. Dada mi poca habilidad de síntesis, creo que lo desarrollaré en otro post. Hasta entonces, disfruten, tal y como yo y el resto de la población hace, aunque no lo quiera reconocer, especulando sobre el posible contenido que dicho título pueda abrazar.

01 April 2008

"MIRROR MIRROR, ON THE WALL..."

Después de casi medio año esposado a un sinfín de motivos cuyo origen muchos ya conocéis, he decidido volver a introducirme los dedos en la boca para, de nuevo, vomitar. Aunque pueda parecer un vómito forzado, intencionado, provocado, me temo que no es el caso. ¿Será el síndrome post-electoral? ¿Quizás post-accidental? ¿Post-coital? No, ese seguro que no. ¿Estaré empezando a superar el trauma automovilístico que tanto me ha torturado estos meses?

Me siento moralmente obligado a resumir, aunque sea en una mera frase, qué ha sido de mi existencia (vital, social, espiritual, carnal, c'est-a-dir, existencial) en todo este tiempo en el que no he exteriorizado jugos gástricos mezclados/propulsados con/por letras, palabras y párrafos. ¿Debería buscar un título que resumiese este medio año? ¿Una frase? ¿Una breve sinopsis? Al fin y al cabo, se trata de sintetizar, someter a una liposucción argumental a los múltiples (o escasos, depende de cómo se mire) hechos acontecidos en este período de tiempo.

[…]

Tras reflexionar y preguntarme cómo condensar en breves palabras dicho intervalo temporal, decido mirarme al espejo. Él, siempre sabio, sabrá darme pistas. Podría describir lo que he visto, pero considero que el hecho de tomar la iniciativa para ponerme ante el ordenador y escribir este texto ya es suficiente vómito por hoy. Mirror, mirror, on the wall, who’s the most mean of them all? You, definitely. So, let’s write it down!

Decidido, escribiré un cuento, cual liposucción ‘verano-a-la-vista’, que me sirva para extraer la grasa del flotador que he ido acumulando (metafóricamente hablando, no tendré la suerte de engordar) progresivamente. El género del relato estará sujeto a vuestra propia y libre elección.


VÓMITO ALOPÉCICO

Siempre me he preguntado porqué coño todos (o la mayoría) de cuentos empiezan con la estúpida y ridícula frase “Había una vez…” (en inglés “Once upon a time”).

En este caso, no había una vez, sino muchas, en las que el protagonista de éste cuento, temblaba y sudaba sobacos y entrepierna abajo, cual Niagara Falls, cada vez que una bicicleta se interponía en su camino. Fuera, o no, a conducirla, su estómago se removía cada vez que ejecutaba, imaginaba, o presenciaba, dos pies propulsando aquellas dos temibles ruedas mediante un monótono pedaleo.

El niño, para bien o para mal, creció, y cada vez que miraba su alrededor, observaba que todos los niños y niñas de su edad disponían ya de una bicicleta y, por consiguiente, iban allá donde querían de manera totalmente autónoma. Aunque le daba bastante igual lo que los otros hicieran, llegó el día en el que se dio cuenta que, sin aquél vehículo, tendría muchas trabas, no únicamente en el ámbito social, sino también en el laboral. Aquello ya le mosqueaba más. Finalmente se decidió aprender a montar a bicicleta. Una soleada mañana de sábado, su padre le acompañó al parque y le trajo la temida bici. Cuando quiso darse cuenta, un grupo de niños que jugaban a pelota empezaron a reírse de él. “¡Qué mayor y aún no sabe montar a bicicleta!”, exclamaron. Aquello no fue lo peor. Para colmo, su padre había colocado dos ruedas pequeñas adicionales en la rueda trasera para evitar que, en los primeros intentos de aprendizaje, su hijo se cayera e hiciese el ridículo. Aquél detalle alimentó la turbia nube de burlas que vagabundeaba por el parque.

Tras duros meses de instrucción paterno-vial, los primeros resultados positivos hicieron aparición de manera nada nítida y con una lentitud obviamente excesiva para el aprendiz. En realidad, cuando finalmente había aprendido a manejar, él mismo se preguntaba una y otra vez si tanto sufrimiento había merecido la pena. De hecho, no necesitaba la bicicleta para nada, ya que los estudios ocupaban gran parte de su jornada diaria, así que estuvo un año sin cogerla ni un solo día. La bicicleta suministrada temporalmente por el padre quedó obsoleta, se deshicieron de ella y, por lo tanto, la escritura volvió a ser su principal motivo de existencia. Solía escribir cada vez que la necesidad vital por vomitar aquello que sentía oprimía sus pulmones y no le dejaba respirar. Esto, obviamente, tuvo su irremediable consecuencia: la sombra/fobia a las ruedas en vez de retroceder, avanzaba, intentaba volver a su origen, pretendía adueñarse, de nuevo, de su subconsciente. La solución, torpe pero aparentemente útil, consistió en comprar una bicicleta de segunda mano y, aunque no fuese necesario, usarla de manera forzada y con una frecuencia impuesta por el óxido de los frenos. Sin embargo, antes de comprar la bici, concluyó que era esencial ir a un lugar prácticamente desierto, sin peligro de atropellar almas indefensas. ¿Solución? Dirigirse a la isla más cercana, alquilar una bicicleta y hacer prácticas en aquellas tierras llanas y con apenas relieve geográfico (ni humano) para volver a recordar cómo pedalear, frenar y girar el manillar. Tras aquella semana en la isla, volvió a su hogar, compró la bicicleta, y empezó a conducirla regularmente.

Cuando todo parecía ir, nunca mejor dicho, sobre ruedas, dos accidentes de tráfico flagelaron el protagonista de esta historia. Su psique, que ya empezaba a cicatrizar las fobias del pasado, volvió a ensangrentarse de dolor y pánico. La bicicleta, destruida, tardó 4 meses y 4 días en repararse. El mecánico le engañó poniéndole mil excusas para evitar arreglarle el vehículo deprisa y corriendo. Éste, aconsejado por psicólogos y de acuerdo con lo que dictó la familia, conspiró en contra del accidentado para que, durante el tiempo de abstinencia de conducción, su mente se estabilizara y las heridas volviesen a cicatrizar. Mientras tanto, y ante la situación política más crispada de la democracia, decidió aportar su iluso espíritu de lucha con el fin que, tras el resultado electoral, sus derechos persistieran y no se viesen pisoteados por una banda de mamarrachos dictatoriales. De esta manera, su obsesión por lo acontecido se desvió ligeramente y, durante aquél tiempo, su día a día girAdd Imageaba alrededor del pequeño granito de arena que podía aportar. Éste mereció la pena: una amplia victoria electoral le dejó satisfecho del esfuerzo dedicado durante aquella interminable campaña bipartidista.

Tras escándalos dignos de Salsa Rosa u otras minas ‘Trash-Visual-Culture’ (¡porque yo lo valgo!), la bicicleta volvió, visualmente, al estado previo a los accidentes. Interiormente, apestaba a corrupción, a ambientador contenido 4 meses encerrada en una habitación sin respiración alguna. Si ya de por sí era difícil que una bicicleta, vehículo sin carrocería, apestara a ambientador, más difícil le resultaba al protagonista volver a conducir esquivando los ‘flashes’ que constantemente hacían acto de presencia en su más oscuro subsconsciente.

Cuando ya pensaba que jamás volvería a conducir con ilusión, ni mucho menos a vomitar de manera natural, un día se plantó ante su cuaderno vomitivo. No fue un momento fácil. Lo abrió y viajó al pasado mientras leía lo último que había escrito. En aquél momento tuvo sed literaria, sed gástrica. Después de tanto tiempo… ¿Cómo podía volver a empezar, cómo resumir todo aquél calvario por el que había pasado? Las dudas se resolvieron con una sencilla (pero dura) visita al baño.

Sin duda, de alguna manera u otra, tendría que disfrazar la realidad. Aquella alma demacrada, la alopecia evidente y la erosión (exterior e interior) que durante aquél tiempo había experimentado, debían impregnar cada una de las palabras que vomitara en aquél relato. Lleno de escepticismo y, para variar, sin confiar en él mismo, volvió a vomitar. Cabe puntualizar que no fue necesario la protocolaria introducción de dedos para provocar las nauseas, ya que, tras la intensa contención de todos aquellos meses, el vómito hizo acto de presencia de manera totalmente natural y con una espontaneidad asombrosa.

Ojala todo se resolviese con una mera visita al baño, visualizando tu rostro y alma en el espejo, y escribiendo, vomitando, textos como éste que tú, desconocido, estás leyendo.

24 November 2007

LOVE'S GONNA GET YOU DOWN

Pues no, no me quedo únicamente con la frase del título del post, sinó que le añado este trozo:


LIVE YOUR LIFE UNTIL LOVE IS FOUND, OR LOVE'S GONNA GET YOU DOWN"


ESPEJISMOS TENEBROSOS


Después de 1 mes y 8 días, mi estado psíquico me permite, o al menos eso creo, esbozar estas breves líneas. Hasta el momento, desconocía lo que era esta sensación: estar sumido en un oasis tenebroso repleto de haces de luz cual trampas mortíferas, que te empujan a una dimensiones paranoicas cercanas a una desesperación aún más profunda, oscura y surrealista.

Los entendidos en materia depresiva afirman que atravesar este desierto anímico, es equivalente a un luto espiritual, a caballo entre la euforia y el suicidio moral, esencial y necesario para poder alcanzar en un futuro (cercano para ellos, lejano, utópico y aparentemente inalcanzable para quien lo vive en primera persona) supuestamente cotidiano y próximo a la extendida y enfermiza normalidad.

07 October 2007

OTRA VEZ

Viernes, entrega de un premio universitario que reconoce los esfuerzos y los resultados académicos obtenidos durante la carrera. Ceremonia protocolaria, discursito prediseñado y analizado palabra por palabra, ramos de flores y diplomitas, sonrisas profident generalizadas y mesas con canapés y cava. Lo mejor, o peor, decenas de halagos y felicitaciones, una detrás de otra, que anímicamente te colocan en un pedestal, pero que acto seguido te empujan a un abismo oscuro, vacío y, una vez más, traicionero.

Veinticuatro horas después me sacan casi a rastras de un pub musical. No, no se trata de temas de alcohol ni drogas. El coco, la mente que, de nuevo, me la volvió a jugar. Una pesadilla horrible que prefiero no recordar, ya que tanto yo, que la sufrí, como quienes me asistieron, pasamos unos momentos tremendamente angustiantes. Lo que más me asusta de este tema, es que no es la primera vez que me pasa.

Me planteo ir a un psicólogo. Vomitaré aquí la experiencia.

24 September 2007

MUÑECA ABANDONADA, INFANCIA OLVIDADA.

Aunque la mayoría de madres histéricas estén en mi contra, me declaro partidario, ‘fans’ en plural, de guardar objetos, mierda según ellas, en los armarios.

Esta tarde, mientras volvía de rehabilitación, me topé con un container situado en una esquina cercana a mi actual residencia, el cual albergaba la semilla de este relato. Una muñeca semimutilada, con pelo rubio platino mal cortado por culpa de un arrebato de vena peluquera, abandonada a los pies del váter que recoge la mierda que desechamos a diario. Diversos objetos desechados consolaban sus imparables llantos desolados: separadores de plástico multicolor, varias bolsas de plástico, papeletas participa-eb-sorteo-que-queremos-tus-datos-para-enviarte-publicidad del Condis, y una libreta del Carrefour ‘Happy Girl’ (precisamente acababa de ver a mi prima ‘la puta’, que mucho tiene que ver con ese nombre en inglés). Inmediatamente saqué la cámara digital. El resultado salta a la vista.

A muchos os parecerá una imagen tétrica, sádica o incluso terrorífica, pero la primera impresión que tuve al ver la muñeca descuartizada por el suelo fue de pena, de terror nostálgico, de compasión por la añoranza que el sujeto que la perdió, o se deshizo de ella, tiene, tendrá, sufrirá, en un futuro no muy lejano.

Deshacerse de los juguetes de la infancia, así como tirar, quemar, romper o, peor aún, ceder a la vecina maruja e interesada los libros (de texto) de tus hijos, son crímenes imperdonables que las madres comenten frecuentemente, o persuaden a sus hijos para que los lleven a cabo de manera clandestina.

Por ejemplo. Yo, de pequeño, estaba obsesionado con coleccionar gomas de borrar de todo tipo de formas, colores, olores y demás rasgos calificativos. Llegué a llenar dos cubiletes de plástico con cientos de gomas. Cuando aludes de suspiros nostálgicos tocan a la puerta de mis recuerdos, sé que puedo abrir los potes con gomas, impregnarme del olor que desprenden, y evocar mi memoria a aquellas tardes de invierno en las que, a diario, acompañaba a mi hermana a hacer recuperación. Sin embargo, añoro poder releer aquellos libros que mi madre me leía antes de irme a dormir: el libro de Petete, el soldadito de plomo, los minicuentos de Heidi que valían 20 pesetas, Hansel y Gretel, Pulgarcito, y un eterno etcétera. Me gustaría poder leérselos a mi (futuro) hijo o hija, decirles que las nanas literarias que mecen sus párpados, también me hacían dormir a mí cuando yo era pequeño.

Soy consciente que si sigo almacenando cosas acabaré creando un búnker irracional. Me da igual. Mi querido Espinete de peluche, mi koala Mofli, mis muñecos de Dragon Ball (4.995 ptas cada uno), así como infinidad de recuerdos de mi cronología vital, se encuentran encerrados en un armario situado justo encima de mi cama. Duermo cada día, pero rara vez me acuerdo del contenido de mis sueños. Sin embargo, sé que cada vez que quiera puedo abrir el armario, cerrar los ojos y volver a sentir el tacto de los objetos gracias a los cuales soy quien soy en la actualidad. Viajar al pasado, oler la infancia, homenajear mi sustrato vital.

Hablando de muñecas abandonadas. Mi abuela rescató hace unos años una de un container; gigante, descomunal, da impresión verla. Habla con ella, duerme en su cama, le pone vestiditos, le ofrece baños relajantes, peinados singulares. Un día de estos escribiré sobre mi abuela y su muñeca. Necesitaré varias entregas. Dará para mucho.

01 September 2007

EL TREN DE LA BRUJA




Primera semana de septiembre de 1988. 'És Festa Major!'.

Como mandaba la tradición, visité la esperada feria ambulante del pueblo junto a toda la familia. Mi instinto sadomasoquista se derretía al acercarme a la festejada atracción ‘El tren de la bruja’. Mi cuerpo se descomponía, pero a la vez se derretía, desbordado de placer, al montarme en aquél espectáculo terrorífico y apasionante. Normalmente subía junto a un familiar, el cuerpo del cual acababa con varias marcas en los brazos debidos a los pellizcos aterradores que descargaban la adrenalina que mi cuerpo producía durante los minutos que duraba el subidón brujíl.

Observémoslo fríamente, huyamos de la subjetividad: pagar para que un adolescente, el cual camufla su rostro volcánico con una careta de los chinos (los nostálgicos ‘Todo a 100’), te maltrate con una escoba pulgosa hasta dejarte, irremediablemente, totalmente fascinado e inconsciente por la excepcional distracción. Sin duda, lo mejor de todo, era que si conseguías ser el afortunado que le ‘robaba’ la escoba a la disputada bruja, ésta te brindaba la oportunidad de disfrutar de un viaje más, aparentemente gratuito, pero que continuaba teniendo el terror que había caracterizado los anteriores episodios.

Lo siento. No puedo, ni quiero, evitar extrapolar la esencia argumental de esta atracción a una escena criminal con pura esencia cotidiana y doméstica. El maltratador, embozado de ira y desbordado por los celos y una locura enfermiza, coge la escoba. Esta, inmediatamente, se convierte en un icono flagelador que convierte a la víctima en sumisa y, de manera paralela, el maltratador, adquiere dimensión de gigante manipulador y descuartizador de sentimientos y ganas de vivir. El tren empieza a dar vueltas, y la bruja aparece en el momento y lugar menos pensado. Durante el viaje, las víctimas intentan disuadir el terremoto agresivo mediante el robo de la escoba: intentan liberarse una y otra vez de la agresión. La mayoría no lo consiguen, caen en las redes de la bruja, y el viaje acaba así, poniéndole freno a un tren vicioso que daba vueltas, sin sentido, entorno una razón absurda, meramente ficticia e injusta. Hay quien consigue quitarle la escoba a la bruja. Por unos momentos, disuaden las ansias asesinas de ésta, la cual ofrece una nueva oportunidad. Promete el oro y el moro, promete cambiar, una nueva vida, un nuevo inicio. La víctima acaba creyendo el discurso propagandístico del verdugo, ‘verduga’ en este caso y, apenas sin darse cuenta, se embarca en el mismo artilugio en el cual ha estado viajando durante los peores, e interminables, momentos de su vida. Esta vez la bruja no tendrá piedad, ya que conseguirá aniquilar su principal punto de mira. El viaje llega a su fin.

Es curioso cómo se han invertido los géneros de la metáfora que acabo de exponer. La bruja, maltratadora, es mujer, femenina. La víctima, en este caso era yo mismo, masculino, maltratado por la tortura que emerge de la escoba. Atención a un detalle esencial. La bruja, terror feminista personificado, oculta, tras su máscara, un macho salvaje que disfruta con el martirio a los pasajeros de la atracción.

Sé que en la mayoría de casos, son los hombres los que maltratan. No obstante, desde aquí quiero rendir homenaje a todos aquellos chavales/chicos/hombres/señores/viejos/ancianos, cuyas voces y testigos son ridiculizadas ante la opinión pública y ante la ley. Son una minoría, lo sé, pero también merecen ser amparados por la justicia y no ser pisoteados por una mayoría feminista que obvia estos casos, que rápidamente ‘generaliza’, y que cree antes las excelentes mentiras de una mujer que unas honestas lágrimas desesperadas de un hombre maltratado.

La vida en pareja es un cóctel sadomasoquista en el cual emociones opuestas se fusionan en un sabor único, agridulce, que penetra en nuestros sentidos, y hace que nos hagamos adictos a él. Lo mismo ocurre con el tren de la bruja y otras atracciones feriales. Emociones adversas, excitación y terror, agitación y arrepentimiento, adrenalina y sangre, amor y desamor, vida y muerte. Mejor pensado, no es sólo la vida en pareja la que ofrece esta bipolaridad tan radicaliza. Es la vida, que del nacimiento a la muerte, dos extremos tan distintos pero cercanos y concordados, nos empuja a un abismo de extremos e incoherencias constantes.

Sin embargo, me gustaría aclarar que todas aquellas personas prisioneras de la unión denominada ‘pareja’, suelen creer que el dolor y el sufrimiento es menor a la felicidad y al goce que nace de la relación. Creen que les compensa. Consideran que, a pesar de la agonía y de lo mal que lo pasan, vale la pena arriesgar, volver a subirse al tren de la bruja. Por este motivo, año tras año, dicha atracción vuelve, exitosa, las ferias de nuestros pueblos; porque los propietarios saben que tienen una clientela fija, adicta a las construcciones sociales impuestas por la sociedad. Son clientes potenciales, ciegos que se arrodillan y hacen caso omiso a las ordenes que el resto de miradas lanzan, cual arpón afilado, a su existencia humana.


P@: Empecé este Vómito Literario con la intención de escribir una historia sobre un globo-delfín, y he acabado escribiendo sobre el tren de la bruja y estableciendo una metáfora tragicómica con los extremos que conlleva la vida en pareja. En breve intentaré volver a escribir sobre el delfín, pero quién sabe en qué acabaré soñando...

24 August 2007

BABA DE CARACOL


Mi habitación, antro adjunto a un patio interior ‘de luces’, es un claro chivato de el estado metereológico del exterior. Esta mañana, la lluvia me ha despertado: la uralita tiene la terrible capacidad de magnificar el sonido de incluso las más diminutas gotas de agua. El cielo parecía que se venía abajo. Parecía que un ejercito descomunal, compuesto por miles de millones de soldados mal follad@s, tirachinas en mano, apuntando y disparando con toda la mala leche del mundo, intentara liquidar a los pobres inocentes que, como yo, intentaban dormir lo máximo posible para, de esta manera, intentar que domingos como este, se acortaran generosamente.

“¿Será granizo? ¿Se me estará bollando el coche?” Fue lo primero que pensé al oír la salvaje tormenta.

Mi perro, ansioso por salir a la calle para poder hacer sus propias necesidades fisiológicas, ladraba sin parar y me hacía la pelota constantemente para que me colocara cuatro prendas de ropa arrugadas y lo sacara a pasear. Dicho y hecho. Enlegañado perdido, pelos de loca grasientos, marcas de las sábanas en mi rostro, y con el rictus arrugado y refunfuñón típico del recién levantado, abría las ventanas para ventilar el concentrado ambiente somnífero-putrefacto que deambulaba por toda la superficie habitable. Mi pene se encogió y mis pezones se empitonaron automáticamente (cual anuncio de Kas naranja-limón) al respirar el ambiente gélido que entraba por la rendija de la ventana. Inmediatamente, abrí el armario, no para volverme a aposentar en él, sino para buscar una prenda de ropa mínimamente potable, ni muy gruesa ni demasiado ‘light’, y poder sacar al perro sin riesgo de pillar el típico resfriado tonto de verano.

Una vez en la calle, desierta de día y de noche (venerado seas, Agosto), observé la persistente fina lluvia (showers, en inglés). Me dirijo al parque, mi perro caga, recojo el excremento y, mientras camino hacia la papelera, cometo un crimen del cual aún no me he recuperado emocionalmente, y que ha dado nombre a estas improvisadas líneas.

Describamos lo ocurrido en cámara lenta, slowmotion.

Mis pies, amortiguados por unas plantillas esenciales para no morir de dolor de talones, se adhieren a mis zapatillas deportivas, las cuales se deslizan lentamente por el cemento alisado de la plaza. Cuando, confundido por el encandilamiento sonámbulo, consigo divisar una papelera, mis piernas, los timones articulatorios de mi cuerpo, cambian el rumbo e inician la correspondiente aproximación al depósito de residuos. Una vez me encuentro ante el destino, me dispongo a dar el último paso para poder deshacerme de la bolsa-recoge-mierdas: mi pie se levanta, lleva a cabo los últimos esfuerzos para alzarse y poder alcanzar la papelera, se dispone a aterrizar pero, en aquél momento, algo terrible ocurre.

Un crujir similar al sonido del aplastamiento de las hojas secas y otoñales, paralizan mi pie derecho. Mi cuerpo, al percibir aquél espantoso retumbo articulatorio, se detiene y, durante unos segundos, permanece inamovible, totalmente paralizado: el caparazón aplastado del caracol, cubierto de sus vísceras gelatinosas, actúan como un cemento desaforado. No me atrevo a mirar al suelo, mi consciencia empieza a temer el crimen atroz que acabo de cometer. Mi mirada, se estaca en el horizonte, intuye, se avergüenza, de lo sucedido. Instantes después, mi campo visual se desplaza bruscamente hacia el suelo. Es entonces cuando me doy cuenta que aquella plaza, más que un parque, una zona de ocio en la que los niños disfrutan, los abuelos se aposentan y miran su meta final, y el hombre de la pensión me da chicha argumental para mis paranoias narrativas, parece un zoológico, una reserva natural tematizada tipo ‘Jurassic Park’, en la que infinidad de caracoles viven tranquilamente.

Cual bailarina (o bailarín, porqué no, ¡arriba Billy Elliot!) de ballet, salí del parque con máximo cuidado para no volver a triturar aquellos seres hermafroditas que tanto misterio me causaban. Su personificación es fantasmagórica: durante todo el año, por más que te empeñas, no se ven; cuando por fin llueve, aparecen de la nada, sobrepoblan los campos y parques, inconscientes, sin saber que su destino más probable es acabar en un barreño lleno de agua, posteriormente en una cazuela con tomate y guindilla y, finalmente, amputados con un palillo de madera, devorados por seres hambrientos o, peor aún, fosilizados en la vitrina-expositor de una tienda de comida preparada (denominada ‘comida de la abuela/madre’, luego hay quejas de sexismo…), precio 8€ la ración.

La consciencia se reconcomía ferozmente al recordar el desalmado asesinato que había cometido. No podía quitarme de la cabeza aquél horrible crujir bajo mi zapatilla. ¿Qué podía hacer para desfogarme y, de esta manera, intentar minimizar el sentimiento de culpa que anegaba cada uno de los glóbulos rojos que fluían por mi sangre? No lo dudé ni un segundo. Abrí el Word, y empecé a escribir este estúpido texto, interrumpido varias veces por diversas causas ajenas, o no, a mi voluntad.

Domingo lluvioso, eterno, monótono, nada fructífero, nada que hacer. La oscuridad no tardó en violar la escasa claridad del día. Antes de ir a dormir, entrada ya la mística madrugada, volví a sacar al perro para que, al día siguiente, a primera hora de la mañana, no estuviese ladrando y suplicando una nueva salida fisiológica. La calle, una vez más, parecía un vampiro moribundo, silente, misterioso, y repleto de seres sonámbulos que deambulaban sin importarles ser aplastados. Me emocionó ver decenas de caracoles rastreando por el suelo de manera clandestina.

De repente, algo llamó mi atención: unas voces infantiles se acercaban lentamente. Tres niños de unos 10 años, hijos del típico bar de barrio que se forra en verano gracias a las improvisadas terrazas que intentan menguar el aburrimiento de los clientes a costa de vaciarles el bolsillo, se aproximaron al parque y se sentaron en un banco. Mi corazón se encogió al ver lo que tenían en las manos: cajas de zapatos con agujeros en la tapa. En aquél momento sólo pensaba en prohibirles que los capturaran, en hacerles comprender que el cautiverio es un acto que priva la libertad de los seres vivos. ‘¡No seas gilipollas!’ me dije a mí mismo. ‘Tú también has sido pequeño, le has pedido una hoja de lechuga a tu madre, y has paseado orgulloso tus caracoles por el barrio. Déjalos que ellos también pasen por esa etapa’. Intenté meterle prisas a mi perro para que apresurara, cagara y meara rápidamente, y evitar ser testigo de la inminente captura, pero mis esfuerzos fueron inútiles. Los niños alucinaron al ver la abismal cantidad de caracoles que había por el suelo. “¡Uala, mira, joder tío qué pasada, hay mil, mira este qué grande, otro!”

Uno de los niños, conforme con la cuantía de caracoles recogidos, dejó la recolecta y volvió al banco. Cogió el más gordo y dejó que éste se desplazase por su cuello, brazos y manos.

─¿Qué haces? ¡Estás loco!─ Exclamó el más grande de los críos.
─¡Mira el rastro que deja, es super ‘chulo’!
─ ¡Uala, es verdad, deja el rastro eh!
─ Sí, es ‘Baba de Caracol’, y te deja la piel (¡atención...!) brillante, suave y tersa. Si no te lo crees, pruébalo tú mismo, ya verás, va muy bien.
─ ¿A ver? ¡Ai, qué guay, qué sensación, es verdad que te la deja brillante!

No daba crédito a lo que estaba viendo. Pensaba que ver a niños jugando al ‘Polígrafo’ en la hora del recreo era el exponente/espejo más claro de la agresiva influencia que la televisión dicta en nuestro día a día.

Volví a casa, eran las tantas de la madrugada. Puse la tele. Teletienda. ¡Compre el extracto de baba de caracol que puede regenerar su vida ‘Baba de caracol es lo mejor que me pudo pasar’ […] Llámenos ya y aproveche esta fantástica oferta!

Interesad@s llamad al:

902…


11 August 2007

MILAGROS E INOCENCIO II

Construir un escaparate seductor fue el objetivo principal que Milagros e Inocencio se plantearon minutos poco después de aquél inolvidable coito con sabor a manzana de caramelo. Cualquier comentario, palabra, mirada o suspiro, implicaba un latigazo (con sangre, infección incluida, pero sin cicatriz alguna) del uno al otro. No fue difícil darse cuenta de que se habían condenado de porvida, tal y como diría Capote, un ‘noble pero implacable amo’.

Posiblemente comparable a un trastorno bipolar, la relación entre Milagros e Inocencio adoptó, de manera automática y sin ningún esfuerzo añadido, una naturalidad camaleónica digna de una ‘mariquita’ camuflada en piel de un supuesto hetero, hecho y derecho.

Prisioneros de la opinión social, del ‘quédirán’, esclavos de la opinión externa, Milagros e Inocencio se convirtieron, de manera totalmente clandestina, en excelentes obreros de la construcción de fachadas balsámicas y utópicas.

Ambos vivían en un submarino blindado herméticamente por puertas de acero que imposibilitaban la penetración de oxígeno que les pudiese infectar de alegría y/o felicidad. Cuando las compuertas se cerraban, el paraíso con nubes de algodón, colores pastel, sonrisas, caricias y caminar a cámara lenta (i.e. cual anuncios de compresas de finales de los 90), daba paso a un infierno de batallas campales donde sus vísceras, teñidas de venganza, odio y rencor, se ponían manos a la obra para minimizar al máximo posible el contrincante. Paraíso externo VS Infierno interior. Así es como, desde este punto de vista externo y superficial, parece resumir la relación de Milagros e Inocencio.

Si esta misma relación se observa desde un prisma no tan puramente simplista, podríamos hallar una visión alternativa y nada despreciable. Salir de casa implicaba ponerse el disfraz de envidiable pareja feliz e ideal; el verdadero infierno era, realmente, el maquillar una farsa que ocultase la putrefacción interior del matrimonio. El campo de batalla vivido en secreto, resultaba ser, paradójicamente, el terreno en el que ambos eran felices, donde no ocultaban sentimientos, donde exteriorizaban sus instintos; donde, al fin y al cabo, eran ellos mismos.

A pesar de los maltratos recíprocos que ambos se propiciaban, Milagros e Inocencio decidieron prolongar la mentira en la cual estaban inmersos hasta el fin de sus vidas. Muchos pensaréis que arrojaron la toalla, que se acomodaron a una relación que, desde el primer día, estaba predestinada al fracaso. Ellos, sin embargo, valoran el silencio como una inyección de paz y tranquilidad que les ofrece valiosos minutos de reflexión y serenidad. Sentados en el banco de un parque, silentes, mirando el horizonte, Milagros e Inocencio cuentan los días que faltan para que la muerte les ofrezca el descanso que tanto ansían. Mientras tanto, quien cree conocerlos siguen poniéndolos como ejemplo de pareja a imitar, donde el respeto y el amor rebosan cual espuma en copa de cava. Un cava cuyas burbujas son puro marketing para ser engullido y saboreado pensando que es el mejor del mercado. Un cava que entrar por el ojo, pero que, una vez en las paredes oscuras del estomago lo cuidan de las agresiones externas, causa un daño y un revoltijo que evocan ganas de vomitar. Vómitos sinceros, arrebatos pasionales, pura esencia de sinceridad. Vómitos literarios.

25 July 2007

ANGUSTIAS Y EXPÓSITO I

Tras cinco décadas de convivencia, el matrimonio silente sufre un envejecimiento espiritual digno de ser alzado en lo más alto del infierno y la paciencia. Su complicidad es tan vergonzosamente escasa que, desde el primer momento que los protagonistas de esta historia intercambiaron cuatro palabras, decidieron no volver a entablar una conversación en lo que les quedaba de vida.

Sus miradas tuvieron la desgracia de tropezarse en un parque de atracciones que estaba a punto de ser cerrado por la ocultación de una prolongada suspensión de pagos. Era una tarde de otoño, de aquellos en los que el viento arrancaba de los árboles su vestido deteriorado, posándolo en el suelo, y destinándolo a ser pisado indiscriminadamente por la multitud transeúnte del parque. Era ─es─ irresistible, estrujar las hojas secas de los árboles, deleitando los oídos con el característico crujir de las hojas, equiparable al llanto desesperado de venas atrofiadas y sedientas de vitalidad floral. Atraída por un empalagoso aroma goloso, Angustias se impacienta mientras espera en la cola de una parada de manzanas de caramelo. Un disparo de aliento libidinoso choca contra su nuca y le alerta de la presencia fálica de un comprador que espera, tras ella, poder saciar sus instintos caníbales mordiendo el fruto prohibido. El inquieto cerebro de Angustias empieza a construir la imagen del sujeto con el cual se encadenaría el resto de su vida. Olor a sobaco, Brumel, fritanga y otros elementos que injustamente se asocian a la cuestionable figura estereotipada del macho ibérico, impregnan el cuerpo sudoroso de Expósito. Aunque puede parecer un aroma nada agradable, Angustias, cual gata en celo, se derrite ante aquél cóctel de feromonas desbocadas y no puede, ni quiere, continuar imaginando el cuerpo que, poco después, le poseería y le conduciría a un pozo de asfixia sexual.

El antojo de manzana se desnuda, irresistiblemente, ante la aparente ansia descomunal de banana tropical. Camuflados tras las voyeurísticas hojas de los arbustos que separaban las atracciones, Expósito intenta llevar las riendas de la cópula, pero Angustias no consintie la sumisión anhelada por su compañero coital.

Angustias e Inocencio, pareja que, tras aquél salvaje encuentro inicial, constituyó un aparente feudo carnal, dominado por una corriente de machismo y esclavitud similar al sadomasoquimo incitado por el televisivo Kunta Kinte. .

19 July 2007

VOLVER, CON LA FRENTE BIEN ALTA.

Prometí volver, y así lo he hecho. Temía una vuelta con la frente marchita, pero no. Afortunadamente ha sido todo lo contrario. La contención voluntaria de náuseas literarias ha sido exponencialmente positiva. Tras un año antisocial encerrado cual monja de clausura, por fin puedo respirar tranquilo: el esfuerzo ha tenido su recompensa. ¡Y vaya recompensa!

El desorbitado e inesperado resultado obtenido es, en gran parte, gracias a tod@s vosotr@s, aquell@s que, día a día, me habéis apoyado. Me habéis dado ánimo, habéis confiado en mí y habéis estado a mi lado siempre que lo he necesitado. Gracias Pedro Almodóvar por tu gran influencia durante mi vida. Sin tu arte, este éxito no hubiese sido posible. Gracias Klio por tu cooperación en el diseño del 'marketing' pre-oposicional. Jamás olvidaré aquellos ojitos, las noches en vela con el pie de página y la pancartita, con el sonidito del despegue... Gracias a todos por aguantarme, por creer en mí y reconocer lo que otros envidian.
¡Va por ustedes!

MILAGROS E INOCENCIO I

Tras cinco décadas de convivencia, el matrimonio silente disfruta de una juventud espiritual digna de ser alzada en lo más alto del podio de la paciencia y la serenidad. Su complicidad es tal, que desde el primer momento que se vieron, apenas han cruzado un par de palabras entre ellos.

Sus miradas se enlazaron en un parque de atracciones. Era una tarde de otoño, de aquellos en los que hacía mucho viento, se caían las hojas de los árboles, y un amplio abanico de marrones cubría el panorama paisajístico. Nostalgia otoñal, incrementada gracias al cruel, pero justo, cambio climático. Atraído por el hechizante aroma dulzón, Inocencio hace cola en una parada de manzanas de caramelo. Un profundo suspiro le alerta de la presencia de un comprador, o compradora, a sus espaldas, esperando, como él, poder deleitar su paladar con la anhelada mezcla de azúcar crujiente y manzana espumosa. Sin moverse ni un solo centímetro, esboza los rasgos del cuerpo que, tras él, espera su turno. Sus fosas nasales trabajan a consciencia para detectar su aroma y, de esta manera, poder perfilar los detalles de aquél sujeto. Coco, olía a coco. ¿Era su perfume o una estrategia subliminal de la paradita de dulces para atraer clientes impulsivos? Una tempestad de dudas, curiosidad y excitación empaparon la cautela que, hasta el momento, Inocencio había mantenido. Debía girarse, iba a hacerlo, le quería ver con sus propios ojos. Por un momento prefirió que su imaginación e incertidumbre se mantuviera con el anhelo de conocerle, ya que, posiblemente, tras la visualización de aquella persona, volvería a darle un empujón a su autoestima, a su supuesta capacidad de atracción masculina.

Lo hizo: se giró, le miró, le encandiló, le agarró de la camisa y le condujo a un desenfreno de placer y pasión. Las manzanas de caramelo se derritieron, dieron lugar a un viscoso olvido post-coital.

Después del breve ─pero apasionado─ intercambio de fluidos tras los matorrales adyacentes a montaña rusa, Milagros e Inocencio se cogieron de la mano e iniciaron un contrato de silencio, pasión, fidelidad e intuición mutua de por vida.

Milagros e Inocencio, un flechazo instantáneo. Pareja que vive, APARENTEMENTE, una envidiable efervescencia eterna.

MATRIMONIO SILENTE sinopsis.

Una sola estampa, una escena, una realidad objetiva: un viejo y una vieja sentados en un banco, miradas perdidas, silentes durante horas. Dos interpretaciones polarizadas: una perspectiva romántico-utópica (Milagros e Inocencio) y otra dramático-realista (Angustias y Éxposito). Cual Woody Allen con ‘Melinda Melinda’, 'MATRIMONIO SILENTE' es (intentaré que sea) una narración breve, sencilla, nada pretenciosa, cotidiana, donde las apariencias y la capacidad de construcción improvisada y precipitada de fachadas para ocultar la verdadera realidad, se convierte en una herramienta vital para sobrevivir de la descarnada crítica y especulación social.

30 June 2007

A PUNTO DE 'VOLVER'...

Hola a tod@s. Pronto volveré, en menos de 15 días. Todo a punto, con motores cargados y con ganas de compartir muchísimas cosas. Tengo una historia que me ha obsesionado bastante en estas últimas semanas: dos viejos silentes que observan cómo se les acerca la locomotora de la muerte. Qué bonita historia, espero que os guste.


Hasta la vuelta, comparto una imagen que resume la esencia de los últimos meses de mi vida. Un besazo a tod@s.

03 May 2007

[...] CON LA FRENTE MARCHITA...

Ayer...

Hoy...

¿Mañana?



Quizás (ojalá) se produzca el orden inverso, pero a juzgar por mi estado anímico creo que será más bien como lo que anteriormente he expuesto.
Aprovecho la ocasión para comunicar que, en los próximos meses, mis vómitos literarios se verán considerablemente reducidos, serán prácticamente nulos. No, no estoy en terapia (aunque no me vendría nada mal, todo hay que reconocerlo), no intento ganar unos kilos, mi objetivo no es desintoxicarme de la obsesión compulsiva de escribir.
Prometo VOLVER, tal y como lo ha hecho en las últimas semanas el hombre de la pensión (aunque no haya escrito nada sobre él, ha vuelto y con mil historias que ojalá a la vuelta pueda compartir con tod@s vosotr@s) . Tal y como dice(n) alguno(s)... Mala hierba nunca muere... Ojalá fuera verdad.
Un abrazo.

23 April 2007

SANT JORDI 07



Como viene siendo habitual en mi desde hace ya muuuuchos años, cada 23 de abril, día de 'Sant Jordi', toca sesión fotográfica en las Ramblas y corazón de Barcelona. Os dejo un resumen del día: calor, rosas (de todos los colores), libros, senyeres, dragones, globos propagandísticos, líderes políticos autopromocionandose, chinas con mi globos (cada uno de una formación política diferente), supuest@s escritore/as firmando 'libros' (llenándose los bolsillos), curiosos fotografiando, cazadores de autógrafos ("no son personas..."), oportunistas publicitarios, cámaras de televisión, alcachofas tomateras, fotógrafos, emisoras de radio, gitanos y gitanas haciendo mil y un esfuerzos por hablar catalán y vender rosas. En fin, Sant Jordi. No tiene precio. ¿O si?

22 April 2007

LOBO DE MAR

L@s que me conocéis, sabéis el significado que esta expresión tiene para mi... jeje.

06 April 2007

¡GRACIAS!

¿Desequilibrado? Posiblemente. De la desesperación a la suspensión emocional por las nubes. Ayer fue uno de los días más felices de mi vida. Sin duda, el cumpleaños más emotivo de todos.

Durante diez minutos me sumergí en un flash back de emociones y recuerdos, que me emocionó y me puso la piel de gallina. Vuestros mensajes, vuestras llamadas, vuestros detalles, vuestras retrospectivas ‘lobo-de-mar-the-movie’, me confirmaron lo que desde hacía tiempo mi corazón me susurraba: que, a pesar de los momentos de ausencia y de desesperación a los cuales me suelo enfrentar, hay gente que me quiere (y mucho J).

Gracias, una vez más, por hacerme sentir especial, por demostrarme el cariño que me tenéis, por acordaros de mi, por darme momentos de luz en momentos de oscuridad, cercanía, alegría, diversión, locura, complicidad y apoyo incondicional. Gracias por todo.

Os quiero mucho.

03 April 2007

SEMANA SANTA AL BORDE DE UN ATAQUE DE NERVIOS

Gracias Semana Santa por ser gris, lluviosa, doméstica y cien por cien monótona.

Hay momentos de la vida en los que parece que todo lo que gira a tu alrededor conspira para que consigas tus objetivos (homenaje a Coelho). Esa es, precisamente, la sensación que tengo en los últimos días.

Oigo el susurro de la lluvia masajeando la uralita del patio de luces, y le doy gracias al destino por dicha conspiración, por construir las condiciones atmosférico-sociales idóneas para la clausura religiosa y la autoflagelación que caracteriza mi día a día en estos días supuestamente festivos y de desconexión generalizada.

Curiosamente, hará aproximadamente una semana, empecé a notar un ligero tembleque ocular. Me temblaba el ojo, el párpado inferior derecho, de manera totalmente involuntaria. Al principio no le di mayor importancia. Pasaron los días y los pálpitos oculares seguían haciendo de las suyas. Fue entonces cuando me empecé a mosquear, encendí el portátil y googleé “ojo tiembla”. Entre los numerosos resultados, uno me llamó especialmente la atención: "Le tiembla el ojo? Váyase de vacaciones".
Sin comentarios. La verdad es que el tema del ojo me está obsesionando más de lo que pensaba. Lo he consultado con varias personas y, por unanimidad, han concluido que es fruto del estrés al cual estoy sometido. ¿Estrés yo? ¡Qué va, para nada! Hipnotizado por la adicción a las partituras de Yan Tiersen, pongo el DVD de Amelie: la madre de Amelie tiene un tic nervioso en el ojo. Me siento identificado. Espero que pronto desaparezca.

Continuemos este relato espontáneamente hipocondríaco. Desde hace tres días, cuando el reloj marca las 20:30-21:00h, una ansiedad se apodera de mi pecho, me tiembla la mano con la cual escribo y me veo obligado a respirar hondo, con todas mis fuerzas, para intentar distender los músculos. A continuación voy a cenar, me tiembla el tenedor, el cuchillo, soy incapaz de dejar de mover la pierna. Mis familiares me miran, me recomiendan ingerir un par de valerianas “Así dormirás mejor, te tranquilizarás”, apunta mi madre noche tras noche. Sigo igual.

Si por casualidades de la vida, todo esto fuese poca presión, poco estrés, poco nerviosismo, aún hay más. Desde una perspectiva totalmente desagradecida, injusta y nada amable, me veo obligado a anunciar que estoy harto, hasta los cojones, de la presión que las esperanzas ciegas que la gente proyecta en mi futuro provocan en mi interior. Harto. Sé que lo hacen, teóricamente, con buena intención, con toda la empatía del mundo, con el fin de darme ánimos, anhelo, ilusión, pero, sinceramente, lo único que hacen es embozar mi espíritu de compromiso, de nerviosismo, de una responsabilidad cercana a la locura, a la desesperación total.

Acabo de releer todo lo que he escrito hasta el momento. Me avergüenzo de ello: no tiene ni pies ni cabeza. Empiezo dándole las gracias a mi apreciada Semana Santa, continúo hablando de la lluvia, de mi entorno conspirador, y acabo en un embudo hipocondríaco digno de ser analizado por un experto en neurosis compulsiva.

¿Qué ha sido de mí? ¿Acaso mi estado psicosomático se debe a la ruptura del vínculo afectivo que suponía la presencia fantasmagórica del hombre de la pensión? ¿Es la ausencia de sexo, del exceso de onanismo o quizá el complejo de inferioridad generalizada que me caracteriza? ¿Tendrá algo que ver con lo absurdo que me siento cada vez que abro los ojos y me encuentro inmerso en un circo tétrico llamado discoteca?

Pronto hablaré del envejecimiento. Un tema relativamente aburrido y recurrente que últimamente, ‘por causa’ ajena’ a mi voluntá’, se impone en mi psique a diario, cada vez que abro los ojos, miro a mi alrededor, y proyecto una mirada interior y retrospectiva en el oscuro espejo de mi alma.

18 March 2007

BANCO VACÍO: C'EST FINIT


El banco lleva semanas vacío. Miro por la ventana, le busco, no le encuentro. Sonará a típico, lo sé, da igual: ‘todo tiene un inicio y un final’.

El hombre de la pensión se ha marchado del barrio. Casualmente, el (¿esporádico?) familiar rumano que ya mencioné en capítulos anteriores, esta semana también ha abandonado tierras catalanas. Ha cogido un autocar y le ha plantado cara a dos días y medio de viaje continuado por el viejo continente. El otro día, cuando me hicieron partícipe de dicho viaje, mi consciencia buscó, irremediablemente, el paradero desconocido del hombre de la pensión. Relacioné ambos casos. ¿Estaría de rumbo a Rumania? ¿Habría ahorrado un ‘dinerico’ y volvía a su país para reencontrarse con su familia? Ni siquiera sabía si tenía familia o no, si la tenía aquí o allí, si huía de la desesperación o su presencia en la pensión era únicamente un período de transición vital.

En cada uno de nosotros hay un ‘hombre de la pensión’. Animal moribundo (The Dying Animal, a ver cómo nos vuelve a sorprender Coixet) que emprende nuevos retos, caminos, metas. Aparecemos y desaparecemos. Todos tenemos la necesidad innata de comunicarnos, compartir palabras, por muy banales que sean, con otros individuos: todos hemos tenido, en un momento u otro, hambre de diálogo. Personas anónimas, ‘Marinicas’, que nos ofrecen el calor desinteresado que aquéllos que nos esperábamos no nos han ofrecido. ‘Quienquiera que seas, siempre he confiado en la bondad de los desconocidos” (‘Un tranvía llamado Deseo’, de Tennessee Williams).

‘Last, but not least’, en cada una de nuestras vidas hay un BANCO. En ocasiones, el cansancio nos obliga a sentarnos, nos invita a espachurrar, a camuflar, las
clandestinas almorranas en él. Otras veces lo abandonamos, lo dejamos apartado, pero nunca nos olvidamos de él. Sabemos que si algún día la vitalidad que en un momento dado nos caracteriza nos abandona cruelmente en un desierto de agotamiento y desesperación, podremos descansar, encontraremos un escape solitario que nos ofrecerá paz y aislamiento autista (excelente en dosis exactas e inteligentemente dosificadas). Hay veces que el abismo nos hace pensar que no tenemos banco, que lo han arrancado de cuajo de nuestras vidas. Automáticamente, la locura impregna por completo nuestros sentidos. Días antes de la desaparición del hombre de la pensión, me senté en su banco. Se movía mucho, era inestable, no era seguro permanecer sentado allí. Debía marcharse.

Como podréis imaginar, durante estas tres semanas de ausencia, he construido mil y una hipótesis sobre su ausencia. Sin embargo, he decidido digerirlas como parte del endiablado y laberíntico pensamiento humano. Prefiero que seáis vosotros, si es que hay alguien que digiere estos espesos y muchas veces incomprensibles vómitos literarios, los que propongáis, los que construyáis, de manera humilde y nada pretenciosa, el FINAL de esta historia. Sois much@s l@s que, por comentario en blog, mensajería instantánea, e-mails o verbalmente, me habéis hecho partícipe de vuestro interés y seguimiento de ‘El hombre de la pensión’. Sinceramente, creo que sería muy egoísta por mi parte incrustar un punto y final de cemento, sólido e inamovible.

Y, señoras y señores, el final cursi tan esperado por todos ustedes. A veces los ciclos son espirales (punto y seguido, con consecuente continuación), a veces son lineales (punto y final, vuelta a empezar). Final o seguido, el hombre de la pensión ha quedado en mi consciencia, en mi memoria, y jamás desaparecerá de mi corazón.
Es vuestro turno.

09 March 2007

MAULLIDOS MELANCÓLICOS


Después de un largo período de ausencia, hará un par de días llegó la dueña del bar-pensión. Apareció acompañada con su pareja, su inconfundible coche de color cantón y un montón de equipaje. Desde entonces, no he vuelto a ver al hombre de la pensión. Ni rastro de él. Está desaparecido.

Este medio día he visto cómo la pareja aparcaba el coche y se disponía a entrar en la pensión. La dueña, la cual sostenía una voluminosa agenda, ha abierto la puerta del nidito puteril y una bola de pelo naranja ha penetrado entre sus piernas: el gato Marinica. No, no os asustéis. Sus vísceras no salpicaron mis prismáticos delatadores. No consiguió escaparse, aunque ésa parecía ser la nostálgica intención del animal.

Todo apunta a que la pareja de bollycaos ha vuelto a tomar las riendas del negocio. A las pocas horas de aterrizar en la pensión, observé cómo la dueña salía a tirar diversas bolsas de basura industriales, tarea llevada a cabo, hasta el momento, por el hombre de la pensión. ¿Qué ha sido de él? ¿Se encuentra acorralado en su habitación? No, imposible. Antes de hacerse cargo de la pensión solía salir para tomar el aire, fumar un cigarrillo, y llamar a su familia. ¿A dónde ha huido? ¿Estará de viaje en Rumania? ¿Volverá a la mítica pensión? ¿Le habrán cambiado el nombre a Marinica por su evidente parecido fonético con ‘Mariquita’ y haber herido el sentimiento homo-festivo de la pareja?

Marinica echa de menos a su dueño. Le espera ansioso tumbado en la puerta de la pensión. Cualquier ruido, toque de puerta o timbre, susurros o risas, despiertan su alerta. ¿Será él?

El letrero de neón vuelve a estar fundido, la ausencia de El hombre de la pensión es un hecho. La espera se prolonga, se hace eterna, aguda, punzante, pero esperanzadora. La esperanza es lo último que se pierde, dicen algunos. Mentira, lo último, lo único que se pierde es la vida.

La historia parece haber llegado a su fin. La próxima entrega será el desenlace final de ‘El hombre de la pensión’ o bien, quién sabe, si su ‘Volver’ se materializa, el culebrón voyeurista continuará marcando mi eventual VÓMITO LITERARIO.

28 February 2007

PINOCHO: nariz de madera, orejas de burro y ballena devora-mentiras

Qué pesados los carcas / fósiles franquistas. ¡Qué mal perder tienen! Lo que más me llama la atención no es la perseverancia, el tiempo libre y las ganas de meterse con temas que no influyen para nada su subsistencia, sino la contradicción del lema "Menos talante y MÁS DEMOCRACIA". Democracia, señora, implica libertad, igualdad de derechos, no discriminación. Aplíqueselo, sobretodo lo de la igualdad y la discriminación (ya que el término ‘libertad’ lo tienen más que sobado, en especial en las manifestaciones propagandísticas supuestamente camufladas como ‘antiterroristas). Abra el diccionario y, aunque reconozco que a simple vista puede sonar tentador, no se deje arrastrar por un viaje a Madrid gratuito en autocar con bocadillo incluido. Se está convirtiendo Vd. en una marioneta cual pinocho con orejas de burro. La ballena se acerca señora, señores. La opinión pública no es tonta, aunque muchos así lo crean.

23 February 2007

PERRO SORDO, GATO ARISCO, CABALLO CIEGO

Esta noche he vuelto a hablar con el hombre de la pensión.

─ ¿Qué tal Marinica?
─ Bien, en casa, no puedo sacarlo mucho días, suelta mucho pelo y frío. Hoy enfadado con él.
─ ¿A si? ¿Y eso?
─ Porque arañarme. Estar encima sentado en cocina y yo regañarle y él llorar ‘muu’ ‘muu’. (Una ligera carcajada distiende la conversación).

Cinco segundos de silencio.

─ Mañana quiero agua, bañar Marinica. ¡Pero tengo cuidado porque arañarme manos!
─ Jaja. A mi perro tampoco le gusta el agua. En cuanto se da cuenta que estoy preparando el baño, se escapa, sale corriendo, se esconde debajo de la cama.
─ Marinica, ve el telefonillo del agua (manguera), sale corriendo yo cogerle y arañarme.

El hombre de la pensión acaricia a mi perro.

─ ¿Cuántos años tiene? Grande ¿No?
─ Si… Tiene unos 15.
─ Ui, sí, grande.
─ Pues sí. No creo que le quede mucho…
─ Hmm, perdona, pero muerte ley vida.
─ No, si ya…
─ Yo en mi país hace años tenía un perro 20 años!
─ ¿Veinte? Caramba, este no creo que dure tanto.
─ 20 años con vacunas, suelto, sin… (Hace gestos, imitando una correa).
─ Correa. Este antes iba suelto. Pero ahora, como no oye, pues ve otros perros, sale corriendo, y no hay manera de pararlo. No oye nada.
─ En mi país, mi padre tenía un caballo, ciego, pero trabajaba mucho, muy fuerte, muy trabajar. Después de muchos años sin verme, yo ir con él, y me huele, y me escucha voz. Muy listo.

Se acerca una señora con un Yorkshire, el cual ladra desesperadamente a mi perro.

─ No oye otro perro. Jaja.
─ ¡Qué va, va a su bola!

Tras rastrear durante un par de minutos, un conocido del hombre de la pensión se aproxima a nosotros. Ofrece un aspecto físico descuidado: despeinado, camisa salida, pantalones sucios, alma destrozada.

─ Me acabo de tomar un ‘cortaíllo’─ asegura el ‘conocido’.
─ ¿A sí? Cortaíllo… (abriendo su diccionario mental, pasando las páginas para intentar encontrar el significado de la palabra). Ah, sí.
─ ¡Hasta luego!
─ ¿Sabes algo noticias? ─ pregunta el hombre de la pensión.

El conocido se detiene, se gira, le mira y niega con la cabeza. Se va, me voy, el hombre de la pensión se acaba el cigarrillo sentado en su banco.

20 February 2007

EL ENTORNO LABORAL DEL HOMBRE DE LA PENSIÓN

Martes 20 de febrero. 20.54h.

Mi perro lleva una hora suplicándome que lo saque a pasear. ‘Jeans’ encima del pijama (soy muy friolero y perro), anorak de plumas y bufanda para taparme el rostro cual terrorista sanguinario. Cojo la correa, la bolsa recoge-mierdas y bajamos a la calle. Mientras bajo las escaleras pienso en Él. ¿Estará sentado en su banco? En caso de verle, le preguntaré por “Marinica” (ya tengo pensada la pregunta, banal, predecible y absurda: ¿Qué tal está “Marinica”? ¿Se porta bien?).

Me acerco a la plaza. El hombre de la pensión está cerca de su banco, de pie, charlando con dos hombres de unos 30 años. Más que charlar, escucha, analiza y reflexiona sobre el bombardeo de información propinado por uno de los dos hombres. Lógicamente, no me acerco a saludarle, pero me mantengo próximo a ellos. No, no lo negaré, mi objetivo principal es decodificar tantas palabras como me sea posible. Marujo, chafardero, fisgón, lo que queráis, pero mi instinto me pide a gritos que intente averiguar más sobre Él.

Mierda. ¿Por qué cuando queremos enterarnos de algo no podemos descifrar el mensaje de los interlocutores? Me resulta prácticamente imposible pescar significado alguno. Por favor ─le suplico a mi perro mentalmente─, acércate al hombre de la pensión para que pueda conocer más de Él y que parezca un acercamiento casual, propiciado por un perro husmeador y con la libido, para variar, por las nubes. Afortunadamente, y a pesar de la deficiencia auditiva que le caracteriza, mi perro es cómplice de mis deseos y me acerca a Él. Os reproduzco, palabra por palabra, lo que consigo entender de aquella conversación vaporosa:

─ ¿Cómo vas a trabajar 15 horas al día? ¡Vas a acabar reventado! Podrás hacerlo una semana como mucho. Después, tu cuerpo no responderá. ─ le advierte uno de los hombres.

El hombre de la pensión permanece silente. Después de varios minutos escuchando al monologuista, se dispone a hablar.

─ Me ha dado responsabilidad. Yo tener responsabilidad. ─ dice Él.

─ Pero no te va a pagar todas las horas. ¿No te das cuenta?

Mi perro orina (cada vez chorros más prolongados, la próstata no la tiene muy fina) y decide ir a otro lado de la plaza para seguir oliendo el rastro dejado por diversos chochos caninos. Él manda. Me alejo de ellos. El excremento canino es depositado en su lugar habitual (costumbre y rutinas coprofágicas): Lo recojo.

Los hombres finalmente se alejan, se despiden del hombre de la pensión. Nuestro querido personaje se enciende un cigarrillo, se sienta en su banco y mira hacia el suelo. Se vuelve a encerrar en si mismo. Vuelve a hermetizarse. Necesita pensar.

No debo acercarme a Él. No es apropiado. Debo respetar el momento de reflexión q en el cual se encuentra. Decido marchar, no sin dejar de darle vueltas al coco:

Hará un par de semanas que el bar que hay justo debajo de la pensión (pertenece al mismo dueño) permanece cerrado. ¿Estarán haciendo reformas? ¿Habrán claudicado después de más de treinta años de negocio ante la aparición de amenazantes alternativas restauradoras? Sea como fuere, la persiana se mantiene, día tras día, cerrada al público. No se ve entrar ni al dueño ni a los empleados del bar-pensión. Nadie. Totalmente desértico. Únicamente el hombre de la pensión entra y sale por una puerta adjunta a la central, con acceso directo a la pensión.

Ya somos tres. Mi padre, mi madre y yo, los que observamos y analizamos el comportamiento, la vida, del hombre de la pensión. Cuando llego de trabajar, mi padre me pone al día de todo lo que le ha visto hacer. Hace unos días me comentaba, a modo de anécdota, que le había visto salir con un cesto lleno de ropa usada: el empleado de una tintorería cercana a la pensión, se acerca y recoge la ropa usada, la limpia, y la devuelve puntualmente. Además de encargarse del mantenimiento de sábanas y ropa sucia, el hombre de la pensión atiende a múltiples miembros erectos masculinos que se interesan por pagar unas horas de cama pulgosa para poder vaciar su espesa adrenalina de manera puntual, esporádica y, como decimos en catalán, a ‘corre-cuita’. Es decir, que se responsabiliza de la atención y organización de los nuevos huéspedes.


Pero aquí no acaba todo. También le hemos visto en posición semi-suicida, agarrado a la ventana con medio cuerpo fuera, arreglando el letrero (cuyas dimensiones son descomunales, unos 8 metros de largo) vertical que indica “PENSIÓN”. Estaba hundido y la mayoría de neones interiores habían dejado de funcionar. Tras pasar por las manos milagrosas, por el alma purificadora, del hombre de la pensión, el letrero vuelve a iluminarse de nuevo allá sobre las 19h de la tarde.

¿Significa todo esto que se ha apropiado del negocio? (No creo, en caso de ser así no le habría estado escuchando los sermones laborales y la supuesta oferta de trabajo que le estaban haciendo).

¿Se han ido los dueños de viaje unos días y él, huésped permanente y veterano, se ha ofrecido a cuidar de la pensión a cambio de no pagar la cuota económica la ausencia?


¿Habrá sido hoy su primer día de trabajo en ése supuesto nuevo empleo que tantas horas le supone? (Hoy se ha cortado el pelo, podría haberlo hecho para aparentar buena presencia en su puesto de trabajo). ¿De qué es el trabajo? ¿En la construcción? ¿Pintor? ¿Fontanero? ¿Administrativo? ¿Mensajero? … ‘Who knows!’.

¿Qué estará haciendo ahora mismo?

Tumbado, en la cama, abrazado a su ‘Marinica’, el hombre de la pensión descansa, repone fuerzas, se prepara para el duro mañana.

18 February 2007

SECUESTRO EXPRÉS.

Inspiración coital: colores primarios, esencia almodovariana, amor primal.

Orígen: ‘VIPS’.

Fecha y lugar de nacimiento: 10 de febrero de 2007, 0:50h, discoteca bollera.

Lugar del secuestro: un zulo de medio metro cuadrado, blanco, de plástico, en el que diariamente llenan con prendas de ropa para lavar.

Sospechas fallidas: entrañas del coche de las procreadoras.

Día del rescate: una semana después, 18 de febrero de 2007.

Heroína y cómplice del rescate: mamá loba realizando la colada.

Compensación: pico de amor maternal.

Estado de los rescatados: pésimo, deshidratación pronunciada.

Declaraciones de los secuestrados en exclusiva: “¡Otro día mira en los bolsillos de tus ‘jeans’ antes de ponerlos a lavar, maricón!”.


16 February 2007

'MARINICA' Y EL HOMBRE DE LA PENSIÓN


Viernes 16 de febrero. No podía ser otro día.

He bajado a pasear al perro y le he encontrado sentado en su habitual banco. Nos hemos mirado y nos hemos dado las buenas noches. Tras un paréntesis silente en el que, como es habitual en él, observaba detenidamente a mi perro con una sonrisa moderada, me ha preguntado:

(HP) ─ ¿Conoce a ‘gato’?
(Yo) ─ ¿Perdón?
(HP) ─ Si perro conoce gato…

La verdad, no tenía ni puta idea de lo que me estaba preguntando. ¿Perros, gatos? Intenté salir del paso como pude. Creo que lo conseguí.

(Yo) ─ Es que por aquí no hay muchos gatos, antes había más… pero ahora… No se ven casi, la verdad.

Se dio cuenta de que no le había entendido, por lo que hizo un esfuerzo para aclarar su mensaje.

(HP) ─ Yo tengo uno gato.
(Yo) ─ ¿Un gato? ¿A sí? ¿Pero grande o pequeñito?
(HP) ─ No, grande…
(Yo) ─ ¿De qué color es?
(HP) ─ Dorado.
(Yo) ─ Aha. ¿Pero lo tienes aquí o en tu país? ─ dudaba entre tutearle o tratarle de Vd.
(HP) ─ No, no, aquí. (Señalando a la pensión).
(Yo) ─ ¿A sí? ¿Y no lo sacas a la calle?
(HP) ─ […].

Ahora era él el que no entendía mi mensaje, o quizás la pregunta le había evocado a la reflexión. Permaneció callado un par de segundos.

(HP) ─ Ahora lo bajo…
(Yo) ─ No, hombre ¡A ver si se va a escapar! Para qué quiero más…
(HP) ─ No, no escaparse, muy bueno ─ murmuraba, mientras se dirigía a la pensión.

Miré hacía mi balcón, la luz estaba iluminada. Vi a mis padres saludándome y bajando la persiana. Habían llegado a casa, pero lo que ellos no sabíanera la efervescencia argumental que se estaba llevando a cabo entre el hombre de la pensión y yo. Sin dudarlo ni un instante, cogí el móvil y marqué el número de mi madre.

(MA) ─ ¿Qué pasa?
(YO) ─ ¡Mama! El hombre de la pensión me ha dicho que tiene un gato y que ahora me lo va a enseñar.

En aquél preciso momento, la puerta de la pensión se abría. Tenía el gato en brazos.

(YO) ─ ¡Mama, te cuelgo que ya sale!

Mientras el hombre se acercaba a mí, observé que mi perro estaba cagando. ¡Mierda! (valga la redundancia).

(YO) ─ Un momento, es que está haciendo ‘caca’... (Qué fino me quedó, coño. Nada propio en mí, todo sea dicho).

El hombre asintió y esperó a que recogiera la mierda con una bolsa cuyo grosor es extremadamente fino, por lo que permite palpar la textura y la calidez de las heces que mi perro expulsa gentilmente a diario. Tiré el excremento, la mierda, el zurullo, mojón, celemín, a la papelera.

(YO) ─ Ya está.
(HP) ─ Mira.
(YO) ─ ¡Ui, qué grande!
(HP) ─ Si… ¡Acércalo! ─ ordenó, refiriéndose a mi perro.
(YO) ─ ¡Mira, cariño, mira quién hay aquí!

Mi perro flipó al ver un felino de semejantes dimensiones. Se trababa de un gato persa con una frondosa melena de pelo anaranjado.

(YO) ─ ¿Cómo se llama?
(HP) ─ ‘Mari[..]ica’.
(YO) ─ Ah…

Para variar, no me enteré de lo que me había dicho. Mientras intentaba digerir, inútilmente, el nombre del gato e intentar extraer un mínimo significado coherente, vi aparecer a mi madre. La curiosidad había podido con ella. No pudo evitar bajar a compartir el ‘momento gato’ conmigo. Ella era cómplice de mi excéntrica historia con el hombre de la pensión, cien por cien voyeur y bohémica.

(MA) ─ Oish… ¡Qué bonito, qué grande que es eh!
(YO) ─ Si…
(MA) ─ Mira, un amiguito─ le dijo al perro, invitándole a acercarse al gato y saludarle.

No había manera, mi perro no quería saber nada de gatos. Sin embargo, le ‘animé’ (obligué) a acercarse mediante un seco tirón de correa. Automáticamente, el gato, como era de esperar, se subió al hombro derecho del hombre de la pensión, bufándose ariscamente. Pude apreciar cómo su dueño camuflaba el dolor causado por las afiladas uñas que penetraban su pantalón mediante una protocolaria sonrisa. Otro actor, ya éramos dos.

(YO) ─ ¿Le puedo tocar?
(HP) ─ ¿Cómo?
(YO) ─ Que si le puedo tocar… ¿No araña?
(HP) ─ No… Muy bueno, no arañar.
(YO) ─ ¿Seguro? ─ le pregunté, incrédulo.
(HP) ─ Seguro, tócale.

Le toqué, le acaricié la cabeza. Su pelaje ofrecía una suavidad digna de anuncio de Mimosín, Lavado con perlán, o Norit.

(YO) ─ ¿Cómo me has dicho que se llamaba?
(HP) ─ Marinica.
(MA) ─ ¿Marinica?
(HP) ─ Sí, Ma-ri-ni-ca.
(YO) ─ ¿Qué significa?
(HP) ─ Ehm.. En mi país… No sé si poder decir… Tu madre delante… En mi país… Como hombre, hombre…

(Mi madre y yo pensamos que significaba ‘gay, maricón, mariquita’, pero que, por precaución, no se atrevía a decirlo).

(HP) ─ Hombre con… con perdón… hombre con ‘dos cojones’…
(YO) ─ Ahps. ¡Hombre, hombre! Un buen macho.
(HP) ─ Eso, un bueno macho.

‘Igualito que yo, vamos’ (pensé).

(MA) ─ ¡Caramba, cómo salta eh!
(HP) ─ Si, yo cuando voy a dormir, digo ‘Abajo’, y salta encima mío, abrazarlo ─ confesó sonriendo y con ojos vidriosos.

El hombre de la pensión miraba a su nuevo compañero con afecto, se notaba que le había cogido cariño. Ya no estaba sólo, tenía una compañía que le llenaba los huecos que su pasado le había dejado y/o le había impuesto.

(HP) ─ Bueno, Marinica, di adiós, nos vamos para casa.
(YO & MA) ─ Ale, a dormir, jeje. Que vaya bien, buenas noches.
(HP) ─ Buenas noches.

Suspiro, sonrío, me alegro por el hombre de la pensión. En su vida ha aparecido una excusa, un motivo que le mantiene ocupado y le da calor en las frías noches de invierno.

13 February 2007

VIVA SAN VALENTIN


¡Viva la hipocresía, el consumismo, la farsa sentimental. Viva San Valentín!

11 February 2007

CHAQUETA NUEVA

Es domingo. El hombre de la pensión estrena chaqueta nueva. Sale de la pensión orgulloso de su nuevo vestido de gala. La prenda es de color beige con una línea roja en cada brazo. Como es habitual, se sienta en su banco, enciende un cigarro y, mientras le da intensas caladas a su preciada droga, observa cómo las familias (supuestamente) felices disfrutan de la soleada mañana dominical. Competición descarnada en la que el ganador es aquél que consigue derrochar mayor dosis de hipocresía concentrada y disfrazada de positivismo y bienestar social.

A lo lejos ve venir un señor mayor. Un viejo, vamos. ¿Una nueva oportunidad de intercambiar palabras? ¿Una posible vía de escape para romper con el hermetismo silente que diariamente se impone en su vida? Debe intentarlo. Se acerca a él con prudencia, con milimétrica cautela. El fósil está sentado en un banco muy largo, por lo que existe la posibilidad de sentarse a unos metros de él, como el que no quiere la cosa. Le observa, no dice ni ‘mú’. El señor tiene la cabeza ligeramente inclinada hacia atrás, tiene los ojos cerrados y absorbe compulsivamente los agresivos rayos de sol. Está frito. Le mira, sonríe y sigue fumando. Al cabo de unos minutos, el viejo abre los ojos y descubre la presencia fantasma del hombre de la pensión.

Empiezan a hablar. Hay comunicación. El contenido me da igual, lo que valoro, lo que verdaderamente aplaudo y me llena de ilusión y alegría, es el continente, el diálogo, el intercambio de palabras.

Cuando acabe de comer, sacaré al perro. ¿Volveré a hablar con el hombre de la pensión?

03 February 2007

¡OS ODIO!




¡Qué manía tienen de meter banderas hasta en la sopa! La "Ehpaña" profunda se deja en evidencia a si misma con espectáculos tan vergonzosos, auto vomitivos y franquistas como el que podemos presenciar en la escalofriante foto. Me dais asco, repugnancia. Simplemente, os odio.