Nunca mi salud había sido tan abominablemente inestable. ¿Será el entorno laboral? ¿Será la falta o bajo estado de defensas? Según el médico de cabecera, la constante gripal a la cual en los últimos meses me he visto encadenado se dibuja, a grandes rasgos, con un pincel despeluchado y lleno de polvo llamado cambio climático. Aunque el argumento del querido y sabio Doctor era íntegramente calcado al de mis familiares, compañeros de trabajo y otros seres que interactúan conmigo a diario, algo de razón creo que tenía.
Ayer, mientras salía de la ducha, se fue la luz. Un apagón (en gran parte de Europa, véase http://www.eluniversal.com/2006/11/05/int_art_59381.shtml) que me hizo reflexionar sobre la poca apreciación de la luz. El ser humano suele tener la mala costumbre de despreciar los momentos en los que la luz, a pesar de darnos vitalidad y luminosidad suficiente como para apreciar el entorno y poder disfrutar de él y en él, obviamos su presencia y despreciamos la importancia que tiene para poder navegar, en océanos oscuros, de manera artificialmente natural. Metáfora que define pulcramente el inconsciente e inmaduro desaprovecho del amor.
Lo dicho, mientras salía de la ducha, media ciudad, media Europa, se quedó a oscuras. Siempre que necesitas una linterna, “Murphy’s Law”, nunca la encuentras: cuando la tienes, te quejas que ocupa lugar y que está cogiendo polvo; cuando la necesitamos, cuando la deseamos con todas nuestras fuerzas, no está, no la encontramos, la añoramos. Yo, en albornoz, procurando detectar la presencia canina de mi animal de compañía para evitar pisarle el rabo y evitar ir al hospital por culpa de la consecuente mordedura, intenté buscar una linterna por todo el piso. Nada, no había manera, no aparecía. Varias de las marujas del vecindario salieron al portal, ocasión perfecta para empezar a darle (continuar dándole, más bien) a sus afiladas lenguas viperinas. Entretanto, se me ocurrió la luminosa idea de utilizar una calabaza de Halloween que aún deambulaba por mi habitación, para poder entrever el terreno y, entre parpadeantes flashes de esplendor lumínico, acicalarme y ultimar los detalles del disfraz que me acompañaría el resto de la noche.

Llegó la hora de salir de casa, aún no había vuelto el suministro eléctrico. Abrí la puerta y, cual Nicole Kidman en Los Otros, escena claramente Hickockiana plagiada (VS inspirada) por Alejandro (Sandrito, según Weldon) Amenábar, me encontré a un anciano en pijama, vecino del 2º3ª, candil en mano, mirándome con una terrorífica expresión facial.
─ ¿Se ha ido la luz, no? ─ Me preguntó.
─ Sí, en toda la escalera… ─ Respondí, acojonado por el susto de la impensada aparición del anciano al abrir la puerta de mi casa.
─ Pues vaya, ya me he quedado sin ver el partido de fútbol entero… ¡Será posible! ─ refunfuñó.
─ ¡Qué pena! Pues nada, sin fútbol. ─ añadí, con un tono ineludiblemente sarcástico.

A continuación, metí la llave en la cerradura, apagué la calabaza, la dejé aparcada en el mueble de la entrada, y cerré la puerta. De nuevo, sumido en la totalidad oscuridad, y oyendo el bisbiseo del discurso marujil tras las (ahora) inútiles mirillas, bajé las escaleras palpando con una mano la pared y la otra la barandilla. La calle también estaba cubierta por la misma oscuridad que, vengativamente, había castigado a cientos de hogares catalanes. Me dirigí a la parada de autobús, acelerado por el abismo lúgubre que impregnaba el barrio y por el miedo a perder el autobús que debería coger para visitar, una semana más, el célebre piso bollero. Al llegar a la parada del autobús, farola a farola, se produjo el retorno de la anhelada artificiosidad lumínica. Lógicamente, en mi mente apareció el alma de Carmen Maura, Pepa, caminando por Madrid en “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (con el Pirulí de Torrespaña como mítico decorado urbano/almodovariano), cual vampiro nocturno debilitándose por el cíclico amanecer que, progresivamente, cubre su agotamiento noctívago.
Llegué al paraíso lésbico fervorosamente curioso por saber cuál había sido la reacción de las habitantes ante el relato que narraba las peripecias de las triunfantes blúmer acuáticas.
Alagado por la conquista narrativa que mis vómitos literarios habían cosechado entre las habitantes del ya mencionado edén, me dispuse a anotar, móvil en mano, palabras claves que inspirarían el vómito que actualmente se encuentra en proceso de exteriorización. Tras explicar el altercado eléctrico en el cual me había visto sumido con anterioridad a mi llegada, una voz balbuciente me ordenó:
─ ¡Pregúntale a la Regina qué es el HILO DENTAL!
Aunque desconocía el contenido semántico de dicho objeto, décimas de segundo me bastaron para saber que contendría, indudablemente, la sustancia necesaria para poder escribir sobre ello.
“To be honest”, inicialmente pensé que se trataría de alguna anécdota relacionada con el reciclaje de dicho utensilio dental, e.g., lavarlo y almacenarlo para, en un futuro próximo, poder reutilizarlo y así minimizar costes en la economía del hogar, pero, afortunadamente, me equivoqué:
─ ¿Regina, qué es lo del hilo dental?
Entre instintivas carcajadas, la explicación no se hizo esperar.

─ Hilo dental e’, de toda la vida, lo que vosotro’ acá llamái’ “la tanga”.
Quizás ahora, tras leer la anécdota sobriamente, pueda carecer de gracia y/o importancia, pero, créanme, cuando descubrí el verdadero significado cubano de dicha expresión, un furor próximo a la epilepsia, y causado, muy probablemente, por mi actual estado socio-emocional, se apoderó de los escasos restos de mi consciencia políticamente correcta.
Posteriormente, un alud de palabras y expresiones, de la mano de la entregada y generosa Regina, arrancó una extensa y camaleónica conversación, la cual me dispongo a sintetizar, aún a riesgo de ser cansino, monótono e insistente, de manera esquemática.
“12 plantas” = blumer alto = bragas altas – faja.
“Ajustadores” = sujetadores.
“Mentirosos” = sujetadores con relleno – wonderbra.
“Estoy que brinco” = estoy que salto.
“Java” = bolsa de plástico.
“Guagua” = autobús
“¿Sabes manejar?” = ¿Sabes conducir?
“Cruz Roja” = regla – menstruación
“Invertida” = lesbiana
Me gustaría acabar este artículo, y poner punto y seguido al diccionario cubano (e improvisado) Reginense, con una expresión que en estos días está en boca de millones de habitantes, entre los cuales incluyo a mi médico, a mí mismo, a mis familiares, compañer@s de trabajo, amigos y conocidos, y que, además, caracteriza la manera de actuar de algunos de estos:
“Hace mucha frialdad” = hace mucho frío (entre otras posibles definiciones)
Ayer, mientras salía de la ducha, se fue la luz. Un apagón (en gran parte de Europa, véase http://www.eluniversal.com/2006/11/05/int_art_59381.shtml) que me hizo reflexionar sobre la poca apreciación de la luz. El ser humano suele tener la mala costumbre de despreciar los momentos en los que la luz, a pesar de darnos vitalidad y luminosidad suficiente como para apreciar el entorno y poder disfrutar de él y en él, obviamos su presencia y despreciamos la importancia que tiene para poder navegar, en océanos oscuros, de manera artificialmente natural. Metáfora que define pulcramente el inconsciente e inmaduro desaprovecho del amor.
Lo dicho, mientras salía de la ducha, media ciudad, media Europa, se quedó a oscuras. Siempre que necesitas una linterna, “Murphy’s Law”, nunca la encuentras: cuando la tienes, te quejas que ocupa lugar y que está cogiendo polvo; cuando la necesitamos, cuando la deseamos con todas nuestras fuerzas, no está, no la encontramos, la añoramos. Yo, en albornoz, procurando detectar la presencia canina de mi animal de compañía para evitar pisarle el rabo y evitar ir al hospital por culpa de la consecuente mordedura, intenté buscar una linterna por todo el piso. Nada, no había manera, no aparecía. Varias de las marujas del vecindario salieron al portal, ocasión perfecta para empezar a darle (continuar dándole, más bien) a sus afiladas lenguas viperinas. Entretanto, se me ocurrió la luminosa idea de utilizar una calabaza de Halloween que aún deambulaba por mi habitación, para poder entrever el terreno y, entre parpadeantes flashes de esplendor lumínico, acicalarme y ultimar los detalles del disfraz que me acompañaría el resto de la noche.

Llegó la hora de salir de casa, aún no había vuelto el suministro eléctrico. Abrí la puerta y, cual Nicole Kidman en Los Otros, escena claramente Hickockiana plagiada (VS inspirada) por Alejandro (Sandrito, según Weldon) Amenábar, me encontré a un anciano en pijama, vecino del 2º3ª, candil en mano, mirándome con una terrorífica expresión facial.
─ ¿Se ha ido la luz, no? ─ Me preguntó.
─ Sí, en toda la escalera… ─ Respondí, acojonado por el susto de la impensada aparición del anciano al abrir la puerta de mi casa.
─ Pues vaya, ya me he quedado sin ver el partido de fútbol entero… ¡Será posible! ─ refunfuñó.
─ ¡Qué pena! Pues nada, sin fútbol. ─ añadí, con un tono ineludiblemente sarcástico.

A continuación, metí la llave en la cerradura, apagué la calabaza, la dejé aparcada en el mueble de la entrada, y cerré la puerta. De nuevo, sumido en la totalidad oscuridad, y oyendo el bisbiseo del discurso marujil tras las (ahora) inútiles mirillas, bajé las escaleras palpando con una mano la pared y la otra la barandilla. La calle también estaba cubierta por la misma oscuridad que, vengativamente, había castigado a cientos de hogares catalanes. Me dirigí a la parada de autobús, acelerado por el abismo lúgubre que impregnaba el barrio y por el miedo a perder el autobús que debería coger para visitar, una semana más, el célebre piso bollero. Al llegar a la parada del autobús, farola a farola, se produjo el retorno de la anhelada artificiosidad lumínica. Lógicamente, en mi mente apareció el alma de Carmen Maura, Pepa, caminando por Madrid en “Mujeres al borde de un ataque de nervios” (con el Pirulí de Torrespaña como mítico decorado urbano/almodovariano), cual vampiro nocturno debilitándose por el cíclico amanecer que, progresivamente, cubre su agotamiento noctívago.
Llegué al paraíso lésbico fervorosamente curioso por saber cuál había sido la reacción de las habitantes ante el relato que narraba las peripecias de las triunfantes blúmer acuáticas.
Alagado por la conquista narrativa que mis vómitos literarios habían cosechado entre las habitantes del ya mencionado edén, me dispuse a anotar, móvil en mano, palabras claves que inspirarían el vómito que actualmente se encuentra en proceso de exteriorización. Tras explicar el altercado eléctrico en el cual me había visto sumido con anterioridad a mi llegada, una voz balbuciente me ordenó:
─ ¡Pregúntale a la Regina qué es el HILO DENTAL!

Aunque desconocía el contenido semántico de dicho objeto, décimas de segundo me bastaron para saber que contendría, indudablemente, la sustancia necesaria para poder escribir sobre ello.
“To be honest”, inicialmente pensé que se trataría de alguna anécdota relacionada con el reciclaje de dicho utensilio dental, e.g., lavarlo y almacenarlo para, en un futuro próximo, poder reutilizarlo y así minimizar costes en la economía del hogar, pero, afortunadamente, me equivoqué:
─ ¿Regina, qué es lo del hilo dental?
Entre instintivas carcajadas, la explicación no se hizo esperar.

─ Hilo dental e’, de toda la vida, lo que vosotro’ acá llamái’ “la tanga”.
Quizás ahora, tras leer la anécdota sobriamente, pueda carecer de gracia y/o importancia, pero, créanme, cuando descubrí el verdadero significado cubano de dicha expresión, un furor próximo a la epilepsia, y causado, muy probablemente, por mi actual estado socio-emocional, se apoderó de los escasos restos de mi consciencia políticamente correcta.
Posteriormente, un alud de palabras y expresiones, de la mano de la entregada y generosa Regina, arrancó una extensa y camaleónica conversación, la cual me dispongo a sintetizar, aún a riesgo de ser cansino, monótono e insistente, de manera esquemática.
“12 plantas” = blumer alto = bragas altas – faja.
“Ajustadores” = sujetadores.
“Mentirosos” = sujetadores con relleno – wonderbra.
“Estoy que brinco” = estoy que salto.
“Java” = bolsa de plástico.
“Guagua” = autobús
“¿Sabes manejar?” = ¿Sabes conducir?
“Cruz Roja” = regla – menstruación
“Invertida” = lesbiana
Me gustaría acabar este artículo, y poner punto y seguido al diccionario cubano (e improvisado) Reginense, con una expresión que en estos días está en boca de millones de habitantes, entre los cuales incluyo a mi médico, a mí mismo, a mis familiares, compañer@s de trabajo, amigos y conocidos, y que, además, caracteriza la manera de actuar de algunos de estos:
“Hace mucha frialdad” = hace mucho frío (entre otras posibles definiciones)
0 comentarios:
Post a Comment