INDIGNADO, en mayúsculas. Aunque hoy no me pondré a analizar la inflación inmobiliaria, me veo obligado a escribir cuatro líneas sobre el presente anuncio.
Ayer, 15 de noviembre, a la salida del trabajo, me encontré la pared de una vía urbana, de no más de 10 metros de longitud, invadida por, no exagero, cinco carteles / fotocopias como las que muestro en la imagen adjunta a este escrito.

¿Qué es lo que más me llamó la atención? Ni el precio (que, por cierto, una mirada socialmente flagelada por la especulación lo tacharía de ‘nada caro’), ni la zona, ni las características físicas del zulo urbanita me sorprendieron. Nada de eso. Lo que verdaderamente me pegó una bofetada, aquello me hizo hervir la sangre, fue la tierna y entrañable frase “¡¡IDEAL PAREJAS!!”.
Hará cosa de tres meses acudí a una cita laboral e, inauditamente, me encontré con una vecina, la cual había sido mi profesora de música extraescolar en etapa preadolescente. No me pregunten cómo, pero acabamos hablando de vivienda y, lógicamente, sulfurados y tremendamente furiosos al coincidir en un punto cruelmente real: la sociedad está salvajemente diseñada para vivir en pareja.
Pablo Neruda afirmó, muy sabiamente, que “sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie”.
También me gustaría hacer referencia a varias frases de Carme Contreras:
“La seducción de una vida “normal” –la casa, el marido o la mujer, los hijos, los fines de semana, las vacaciones– penetra por todos lados y nos hace desear una existencia homologada por el resto de la humanidad”.
“Vivir sólo está penalizado. No estar en pareja se convierte en un estigma o en una forma de vivir no aceptada según unos cánones que, a pesar del liberalismo actual, dictan que tenemos que vivir en compañía de alguien”.
Soy consciente de que, hoy en día, sin dos sueldos es prácticamente imposible independizarse. A pesar de ello, intento obviar la cruda realidad, seguir trabajando y estudiando pero, como pueden imaginar, toparme con estos anuncios me hunde. Me recuerda que en mis muñecas tengo fijadas unas esposas de acero, sin llave, sin posibilidad de escapar. Dichas esposas me obligan, cual cuchillo en cuello a punto de degollar, a buscar a alguien, a seguir la tradición, la inflación socio-familiar, a satisfacer los paladares sindicales que me rodean. Sindicatos que dictan cómo, cuando, con quien y de qué manera debemos vivir. Y una mierda.
Aunque en el ámbito inmobiliario las esposas son una dictadura socio-económica, muchas veces somos nosotros mismos los que, haciéndole un deslumbrado caso a nuestro corazón, nos ponemos las esposas, voluntariamente, aún estando doloridos por las salvajes y sangrientas marcas que dejaron las anteriores. En este último caso, intentas pensar que esta vez no dejarán marca, que no dolerán; que tu muñeca, siempre sadomasoquista, disfrutará de la compañía y del encadenamiento infinito. La fe es ciega, pero la esperanza es lo último que se pierde. Hasta que morimos esperando, y nos arrepentimos de haber perdido el tiempo mirando cómo las agujas del reloj se movían con una lentitud punzantemente dolorosa, la fe prosigue en nuestras inconscientes almas. Paso. No moriré esperando, y mucho menos arrepintiéndome de haber refutado esposarme en ciertos momentos de la vida. Si, en según qué momento, rechazamos esposas en nuestras muñecas, jamás sabremos si nuestro organismo hubiera evolucionado, o no, positivamente ante ellas. Vivimos para morir. ¿Qué perdemos arriesgándonos? Nada.
Ayer, 15 de noviembre, a la salida del trabajo, me encontré la pared de una vía urbana, de no más de 10 metros de longitud, invadida por, no exagero, cinco carteles / fotocopias como las que muestro en la imagen adjunta a este escrito.

¿Qué es lo que más me llamó la atención? Ni el precio (que, por cierto, una mirada socialmente flagelada por la especulación lo tacharía de ‘nada caro’), ni la zona, ni las características físicas del zulo urbanita me sorprendieron. Nada de eso. Lo que verdaderamente me pegó una bofetada, aquello me hizo hervir la sangre, fue la tierna y entrañable frase “¡¡IDEAL PAREJAS!!”.
Hará cosa de tres meses acudí a una cita laboral e, inauditamente, me encontré con una vecina, la cual había sido mi profesora de música extraescolar en etapa preadolescente. No me pregunten cómo, pero acabamos hablando de vivienda y, lógicamente, sulfurados y tremendamente furiosos al coincidir en un punto cruelmente real: la sociedad está salvajemente diseñada para vivir en pareja.
Pablo Neruda afirmó, muy sabiamente, que “sufre más aquél que espera siempre que aquél que nunca esperó a nadie”.
También me gustaría hacer referencia a varias frases de Carme Contreras:
“La seducción de una vida “normal” –la casa, el marido o la mujer, los hijos, los fines de semana, las vacaciones– penetra por todos lados y nos hace desear una existencia homologada por el resto de la humanidad”.
“Vivir sólo está penalizado. No estar en pareja se convierte en un estigma o en una forma de vivir no aceptada según unos cánones que, a pesar del liberalismo actual, dictan que tenemos que vivir en compañía de alguien”.
Soy consciente de que, hoy en día, sin dos sueldos es prácticamente imposible independizarse. A pesar de ello, intento obviar la cruda realidad, seguir trabajando y estudiando pero, como pueden imaginar, toparme con estos anuncios me hunde. Me recuerda que en mis muñecas tengo fijadas unas esposas de acero, sin llave, sin posibilidad de escapar. Dichas esposas me obligan, cual cuchillo en cuello a punto de degollar, a buscar a alguien, a seguir la tradición, la inflación socio-familiar, a satisfacer los paladares sindicales que me rodean. Sindicatos que dictan cómo, cuando, con quien y de qué manera debemos vivir. Y una mierda.
Aunque en el ámbito inmobiliario las esposas son una dictadura socio-económica, muchas veces somos nosotros mismos los que, haciéndole un deslumbrado caso a nuestro corazón, nos ponemos las esposas, voluntariamente, aún estando doloridos por las salvajes y sangrientas marcas que dejaron las anteriores. En este último caso, intentas pensar que esta vez no dejarán marca, que no dolerán; que tu muñeca, siempre sadomasoquista, disfrutará de la compañía y del encadenamiento infinito. La fe es ciega, pero la esperanza es lo último que se pierde. Hasta que morimos esperando, y nos arrepentimos de haber perdido el tiempo mirando cómo las agujas del reloj se movían con una lentitud punzantemente dolorosa, la fe prosigue en nuestras inconscientes almas. Paso. No moriré esperando, y mucho menos arrepintiéndome de haber refutado esposarme en ciertos momentos de la vida. Si, en según qué momento, rechazamos esposas en nuestras muñecas, jamás sabremos si nuestro organismo hubiera evolucionado, o no, positivamente ante ellas. Vivimos para morir. ¿Qué perdemos arriesgándonos? Nada.
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