23 December 2006

¡CHINAS CON PAQUETE!

Este año han proliferado, cual plaga epidémica, los papanoeles que cuelgan de los balcones/ventanas, de todo tipo de tamaños, simulando una cutre escalada/subida de escaleras blancas. Hará un par de días, movido por la curiosidad que me suele caracterizar, mientras volvía de la estación de tren, empecé a contar los susodichos ejemplares fabricados en masa. Veinticuatro, ni más ni menos, en un trayecto de apenas 15 minutos. Estupefacto, tras el asombroso recuento, empecé a pensar el motivo por el cual las fachadas de media Catalunya se habían prostituido con decoraciones tan horteras. Lo primero que me vino a la cabeza, “I swear”, es: “LOS CHINOS”.

Al día siguiente quedé con mi prima para hacer las últimas compras, amenazados, como cada año, por el protocolo navideño que fascina y/o aterroriza a la mayoría de seres consumistas del planeta. Mientras caminábamos por “La Rambla”, mi prima exclamó:

─ ¡Ay, espera, vamos a entrar a “Los Chinos” (deberían patentar la expresión, se forrarían, aún más), que tengo que comprar una tontería para el amigo invisible!

Entramos a un bazar oriental, los nostálgicamente conocidos como “Los Veinte duros” o “El Todo a cien”. Cada vez que entro a una de estas tiendas, bazar, como coño quieran llamarlas, no puedo evitar ponerme nervioso. Locales gigantes, pero a la vez encogidos por la colocación barroca de los productos en lineales blancos y, sobretodo, lo peor de todo, mil chinas, de todas las edades, vigilando el mínimo gesto que exteriorizas. Ahora, en épocas navideñas, para colmo, además de chinas y chinos hay rumanas, contratadas esporádicamente para frenar los robos en avalancha de las fechas festivas. Lo dicho, que te escanean con una mirada tan excesivamente constante, que no sabes qué hacer, cómo poner la bufanda para que no piensen que la has robado o, mucho peor, te sientes obligado a aparentar, a dar credibilidad, a desmentir, aquello que no eres (o sí), un ladrón o ladrona.

A lo que iba. Tal y como sospechaba, la tienda estaba repleta de los jodidos papanoeles colgantes a precios que no superaban los 5 euros. Tentador, ¿No? Mientras mi prima miraba libretas, lápices gigantes cual falos africanos, y otros regalos chorras que siempre sacan de más de un apuro, topé con la sección (por llamarlo de alguna manera) de ropa interior. Chinos y chinas supuestamente estilizados, posaban en los ‘packs’ de tangas, bragas, slips y boxers. Cuando me disponía a analizar los cuerpos orientales que mostraban las prendas “íntimas” (odio cuán cursi es dicho eufemismo), mi prima apareció repentinamente a mi lado y empezó a reír a carcajada limpia.

─ ¿De qué te ríes, so puta? ─ Le pregunté.

Entre risas, lágrimas y suspiros próximos al llanto de un gorrino, me dijo:

─ Mira, qué fuerte, una CHINA CON PAQUETE.

Sí, han leído bien. Yo tampoco daba crédito al observar la considerable protuberancia que había en las bragas de aquella china. ¿Era un felpudo acolchado por toneladas de vello púb(L)ico o bien un travesti almodovariano posando como modelo de ropa interior? Irremediablemente, me vino a la cabeza la escena de Scary Movie en la que, después de un buen calentón, la protagonista se baja las bragas y un pelucón a lo afro, junto a mil murciélagos nocturnos, aparecen de sopetón y ahuyentan al ‘prota’, un jovenzuelo aparentemente pollón y varonil. Pobres chinos, pobres chinas bolleras. Mi espíritu empático se solidariza con ellos ante los posibles cunnilingus que puedan efectuar.

Felices hipócritas y consumistas fiestas navideñas. Que los papanoeles colgantes y/o Reyes Magos os traigan paquetes muy voluminosos (no regalos, precisamente... ;-).