Después de casi cuatro meses, me veo obligado a volver a escribir sobre el hombre de la pensión.
Hoy, después de comer una paella cero en sal, mi madre y yo, sentados en el sofá, hemos mirado por la ventana. Hemos visto, de nuevo, al hombre de la pensión. Hemos comenzado a hablar sobre él y, casualmente, ambos habíamos estando construyendo escenarios y realidades asociadas al misterioso personaje. Mi madre, a diferencia de mí, se había atrevido a hablar con él. Cada vez que saca al perro y lo encuentra sentado en el banco, le saluda con un breve “buenos días”. Simple, sencillo, directo, nada abundante, pero ya había dado un paso más que yo. Ella me ha descrito su habitación, con luz tenue, wc sin tapadera y con una bolsa del DIA conteniendo alimentos varios, como por ejemplo embutidos y productos con caducidad extremadamente prolongada. Tras casi media hora especulando sobre el misterio que alberga dicho señor, mi madre me anima a sacar al perro.
─ Háblale, salúdale, dile algo, rompe con el silencio que, muy a su pesar, se impone a diario en su monótona vida ─ me propuso ella, y me auto impuse yo.
Dicho y hecho. Saqué al perro, meó, cagó y, como es de costumbre, el animal, tras hacer sus necesidades fisiológicas, se disponía a volver a nuestro domicilio particular. Le obligué a dar un par de vueltas más. Tenía que hablarle, no podía irme de allí de una manera tan cobarde. Me acerqué a él y el perro, muy majo él, quería ir a olerle y saludarle. Yo, por respeto al hombre, no le dejaba, pero él me dijo con su peculiar voz:
(HP) Déjale, déjale… ─ propuso el hombre de la pensión.
Sin rechistar, obedecí a sus órdenes. Eran sagradas, por supuesto. Sin más, me dispongo a transcribir el diálogo que nació de aquél encuentro canino:
(HP) ─ Pequeño eh..
(YO) ─ Bueno, es mayor ya, tiene 15 años …
(HP) ─ Pero buen comportimiento …
(YO) ─ Si, es muy bueno…
(HP) ─ En mi país yo uno grande...
(YO) ─ Aha.
(HP) ─ Importante buen comportimiento…
(YO) ─ Si…
Hoy, después de comer una paella cero en sal, mi madre y yo, sentados en el sofá, hemos mirado por la ventana. Hemos visto, de nuevo, al hombre de la pensión. Hemos comenzado a hablar sobre él y, casualmente, ambos habíamos estando construyendo escenarios y realidades asociadas al misterioso personaje. Mi madre, a diferencia de mí, se había atrevido a hablar con él. Cada vez que saca al perro y lo encuentra sentado en el banco, le saluda con un breve “buenos días”. Simple, sencillo, directo, nada abundante, pero ya había dado un paso más que yo. Ella me ha descrito su habitación, con luz tenue, wc sin tapadera y con una bolsa del DIA conteniendo alimentos varios, como por ejemplo embutidos y productos con caducidad extremadamente prolongada. Tras casi media hora especulando sobre el misterio que alberga dicho señor, mi madre me anima a sacar al perro.
─ Háblale, salúdale, dile algo, rompe con el silencio que, muy a su pesar, se impone a diario en su monótona vida ─ me propuso ella, y me auto impuse yo.
Dicho y hecho. Saqué al perro, meó, cagó y, como es de costumbre, el animal, tras hacer sus necesidades fisiológicas, se disponía a volver a nuestro domicilio particular. Le obligué a dar un par de vueltas más. Tenía que hablarle, no podía irme de allí de una manera tan cobarde. Me acerqué a él y el perro, muy majo él, quería ir a olerle y saludarle. Yo, por respeto al hombre, no le dejaba, pero él me dijo con su peculiar voz:
(HP) Déjale, déjale… ─ propuso el hombre de la pensión.
Sin rechistar, obedecí a sus órdenes. Eran sagradas, por supuesto. Sin más, me dispongo a transcribir el diálogo que nació de aquél encuentro canino:
(HP) ─ Pequeño eh..
(YO) ─ Bueno, es mayor ya, tiene 15 años …
(HP) ─ Pero buen comportimiento …
(YO) ─ Si, es muy bueno…
(HP) ─ En mi país yo uno grande...
(YO) ─ Aha.
(HP) ─ Importante buen comportimiento…
(YO) ─ Si…
(HP) ─ No "oíjo"?
"To be honest", no entendí qué quería decir. Yo había entendido algo así como "¿No tiene hijos?" (¿Quién? ¿El perro? ¿Yo?)
(YO) ─ No...
Al cabo de unos segundos, caí en lo verdadero significado de aquél " no oíjo". Recordé que la última vez que intercambiamos palabras, yo le dije que no se molestara, que el perro no oía, que estaba sordo. ¡Se había acordado! Recordaba mis palabras, las guardaba en su memoria, era lo único que sabía de mí y de mi perro, era la única información que nos relacionaba.
(YO) ─ Ah, sí, no oye, está sordo...
(HP) ─ Sí.
Al cabo de medio minuto, y tras olfatear compulsivamente el suelo, mi perro prepara su bufeta para proceder a la consecuente extracción dosificada de orina.
─ Ya va a apuntar ─ Dijo el hombre, con una sonrisa discreta.
─ Jeje, si…
Efectivamente, meó. No sabía qué más decirle. No debía forzar más la situación.
─ Bueno, hasta luego…
─ Adiós.
Tenía acento rumano, no tengo la menor duda. Conozco el acento rumano a la perfección. Otro rumano. Rumanos vecinos, rumanos familiares, rumano en la pensión. En los últimos meses, mi vida se ha “Rumanizado” de manera totalmente acelerada.
Cuando volví a casa, mis padres me felicitaron por el atrevimiento. Ambos habían estado observando la escena de manera clandestina tras los cristales opacos del salón, cual momento de máxima audiencia y devora-shares en televisión. Volví a mirar por la ventana, pero ya no estaba allí.
Me había atrevido. Ya había dado el paso. Estaba orgulloso de mi mismo. Quizás eran las únicas palabras que escucharía en todo el día.
Cuando he empezado a escribir esta tercera entrega, mi madre ha interrumpido el proceso de vómito literario, informándome, de nuevo, sobre el hombre de la pensión.
─Ya ha bajado. Había ido a mear. Vuelve a estar sentado, tomando el sol, esperando que alguien vuelva a sacar el perro a pasear, con el anhelo de volver a intercambiar palabras, para que no se pudran en su interior.─ Dijo mi madre.
Muchos pensaréis que somos chafarderos, marujos, otros quizás nos tachéis de pirados, bohemios, soñadores, fantasiosos, familia de locos. Curiosamente, mientras este medio día devorábamos la paella sin sal, hemos hablado de las actitudes marujas.
Todos somos chafarderos, cotillas, marujas por naturaleza. Es una actitud innata, solo que algunos le damos rienda suelta de manera pública, nada inhibida, cual escaparate de El Corte Inglés. Oros la camuflan, la ocultan, se avergüenzan de ella y jamás permiten que salga a la luz. Se intenta ofuscar, obviar, pero la pasión por descubrir más allá de lo que es sabido, de lo que es conocido, es una pastilla efervescente que ejercita nuestra mente.
Me temo que en futuras entregas volveré a escribir sobre el hombre de la pensión. Me tiene enganchado, “se me ha agarrado por dentro, y no me suelta…”.
Al cabo de medio minuto, y tras olfatear compulsivamente el suelo, mi perro prepara su bufeta para proceder a la consecuente extracción dosificada de orina.
─ Ya va a apuntar ─ Dijo el hombre, con una sonrisa discreta.
─ Jeje, si…
Efectivamente, meó. No sabía qué más decirle. No debía forzar más la situación.
─ Bueno, hasta luego…
─ Adiós.
Tenía acento rumano, no tengo la menor duda. Conozco el acento rumano a la perfección. Otro rumano. Rumanos vecinos, rumanos familiares, rumano en la pensión. En los últimos meses, mi vida se ha “Rumanizado” de manera totalmente acelerada.
Cuando volví a casa, mis padres me felicitaron por el atrevimiento. Ambos habían estado observando la escena de manera clandestina tras los cristales opacos del salón, cual momento de máxima audiencia y devora-shares en televisión. Volví a mirar por la ventana, pero ya no estaba allí.
Me había atrevido. Ya había dado el paso. Estaba orgulloso de mi mismo. Quizás eran las únicas palabras que escucharía en todo el día.
Cuando he empezado a escribir esta tercera entrega, mi madre ha interrumpido el proceso de vómito literario, informándome, de nuevo, sobre el hombre de la pensión.
─Ya ha bajado. Había ido a mear. Vuelve a estar sentado, tomando el sol, esperando que alguien vuelva a sacar el perro a pasear, con el anhelo de volver a intercambiar palabras, para que no se pudran en su interior.─ Dijo mi madre.
Muchos pensaréis que somos chafarderos, marujos, otros quizás nos tachéis de pirados, bohemios, soñadores, fantasiosos, familia de locos. Curiosamente, mientras este medio día devorábamos la paella sin sal, hemos hablado de las actitudes marujas.
Todos somos chafarderos, cotillas, marujas por naturaleza. Es una actitud innata, solo que algunos le damos rienda suelta de manera pública, nada inhibida, cual escaparate de El Corte Inglés. Oros la camuflan, la ocultan, se avergüenzan de ella y jamás permiten que salga a la luz. Se intenta ofuscar, obviar, pero la pasión por descubrir más allá de lo que es sabido, de lo que es conocido, es una pastilla efervescente que ejercita nuestra mente.
Me temo que en futuras entregas volveré a escribir sobre el hombre de la pensión. Me tiene enganchado, “se me ha agarrado por dentro, y no me suelta…”.
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