20 February 2007

EL ENTORNO LABORAL DEL HOMBRE DE LA PENSIÓN

Martes 20 de febrero. 20.54h.

Mi perro lleva una hora suplicándome que lo saque a pasear. ‘Jeans’ encima del pijama (soy muy friolero y perro), anorak de plumas y bufanda para taparme el rostro cual terrorista sanguinario. Cojo la correa, la bolsa recoge-mierdas y bajamos a la calle. Mientras bajo las escaleras pienso en Él. ¿Estará sentado en su banco? En caso de verle, le preguntaré por “Marinica” (ya tengo pensada la pregunta, banal, predecible y absurda: ¿Qué tal está “Marinica”? ¿Se porta bien?).

Me acerco a la plaza. El hombre de la pensión está cerca de su banco, de pie, charlando con dos hombres de unos 30 años. Más que charlar, escucha, analiza y reflexiona sobre el bombardeo de información propinado por uno de los dos hombres. Lógicamente, no me acerco a saludarle, pero me mantengo próximo a ellos. No, no lo negaré, mi objetivo principal es decodificar tantas palabras como me sea posible. Marujo, chafardero, fisgón, lo que queráis, pero mi instinto me pide a gritos que intente averiguar más sobre Él.

Mierda. ¿Por qué cuando queremos enterarnos de algo no podemos descifrar el mensaje de los interlocutores? Me resulta prácticamente imposible pescar significado alguno. Por favor ─le suplico a mi perro mentalmente─, acércate al hombre de la pensión para que pueda conocer más de Él y que parezca un acercamiento casual, propiciado por un perro husmeador y con la libido, para variar, por las nubes. Afortunadamente, y a pesar de la deficiencia auditiva que le caracteriza, mi perro es cómplice de mis deseos y me acerca a Él. Os reproduzco, palabra por palabra, lo que consigo entender de aquella conversación vaporosa:

─ ¿Cómo vas a trabajar 15 horas al día? ¡Vas a acabar reventado! Podrás hacerlo una semana como mucho. Después, tu cuerpo no responderá. ─ le advierte uno de los hombres.

El hombre de la pensión permanece silente. Después de varios minutos escuchando al monologuista, se dispone a hablar.

─ Me ha dado responsabilidad. Yo tener responsabilidad. ─ dice Él.

─ Pero no te va a pagar todas las horas. ¿No te das cuenta?

Mi perro orina (cada vez chorros más prolongados, la próstata no la tiene muy fina) y decide ir a otro lado de la plaza para seguir oliendo el rastro dejado por diversos chochos caninos. Él manda. Me alejo de ellos. El excremento canino es depositado en su lugar habitual (costumbre y rutinas coprofágicas): Lo recojo.

Los hombres finalmente se alejan, se despiden del hombre de la pensión. Nuestro querido personaje se enciende un cigarrillo, se sienta en su banco y mira hacia el suelo. Se vuelve a encerrar en si mismo. Vuelve a hermetizarse. Necesita pensar.

No debo acercarme a Él. No es apropiado. Debo respetar el momento de reflexión q en el cual se encuentra. Decido marchar, no sin dejar de darle vueltas al coco:

Hará un par de semanas que el bar que hay justo debajo de la pensión (pertenece al mismo dueño) permanece cerrado. ¿Estarán haciendo reformas? ¿Habrán claudicado después de más de treinta años de negocio ante la aparición de amenazantes alternativas restauradoras? Sea como fuere, la persiana se mantiene, día tras día, cerrada al público. No se ve entrar ni al dueño ni a los empleados del bar-pensión. Nadie. Totalmente desértico. Únicamente el hombre de la pensión entra y sale por una puerta adjunta a la central, con acceso directo a la pensión.

Ya somos tres. Mi padre, mi madre y yo, los que observamos y analizamos el comportamiento, la vida, del hombre de la pensión. Cuando llego de trabajar, mi padre me pone al día de todo lo que le ha visto hacer. Hace unos días me comentaba, a modo de anécdota, que le había visto salir con un cesto lleno de ropa usada: el empleado de una tintorería cercana a la pensión, se acerca y recoge la ropa usada, la limpia, y la devuelve puntualmente. Además de encargarse del mantenimiento de sábanas y ropa sucia, el hombre de la pensión atiende a múltiples miembros erectos masculinos que se interesan por pagar unas horas de cama pulgosa para poder vaciar su espesa adrenalina de manera puntual, esporádica y, como decimos en catalán, a ‘corre-cuita’. Es decir, que se responsabiliza de la atención y organización de los nuevos huéspedes.


Pero aquí no acaba todo. También le hemos visto en posición semi-suicida, agarrado a la ventana con medio cuerpo fuera, arreglando el letrero (cuyas dimensiones son descomunales, unos 8 metros de largo) vertical que indica “PENSIÓN”. Estaba hundido y la mayoría de neones interiores habían dejado de funcionar. Tras pasar por las manos milagrosas, por el alma purificadora, del hombre de la pensión, el letrero vuelve a iluminarse de nuevo allá sobre las 19h de la tarde.

¿Significa todo esto que se ha apropiado del negocio? (No creo, en caso de ser así no le habría estado escuchando los sermones laborales y la supuesta oferta de trabajo que le estaban haciendo).

¿Se han ido los dueños de viaje unos días y él, huésped permanente y veterano, se ha ofrecido a cuidar de la pensión a cambio de no pagar la cuota económica la ausencia?


¿Habrá sido hoy su primer día de trabajo en ése supuesto nuevo empleo que tantas horas le supone? (Hoy se ha cortado el pelo, podría haberlo hecho para aparentar buena presencia en su puesto de trabajo). ¿De qué es el trabajo? ¿En la construcción? ¿Pintor? ¿Fontanero? ¿Administrativo? ¿Mensajero? … ‘Who knows!’.

¿Qué estará haciendo ahora mismo?

Tumbado, en la cama, abrazado a su ‘Marinica’, el hombre de la pensión descansa, repone fuerzas, se prepara para el duro mañana.

2 comentarios:

mariadel said...

¿habran encontrado los dueños de la pension un diamante en bruto? No cobrar cama y comida a una persona a cambio de no pagar un salario de 15 horas, claro está, sin contrato, sin seguro..sin seguridad.

lamalaeducacion said...

Fijo... Es muy rentable!