Esta noche he vuelto a hablar con el hombre de la pensión.
─ ¿Qué tal Marinica?
─ Bien, en casa, no puedo sacarlo mucho días, suelta mucho pelo y frío. Hoy enfadado con él.
─ ¿A si? ¿Y eso?
─ Porque arañarme. Estar encima sentado en cocina y yo regañarle y él llorar ‘muu’ ‘muu’. (Una ligera carcajada distiende la conversación).
Cinco segundos de silencio.
─ Mañana quiero agua, bañar Marinica. ¡Pero tengo cuidado porque arañarme manos!
─ Jaja. A mi perro tampoco le gusta el agua. En cuanto se da cuenta que estoy preparando el baño, se escapa, sale corriendo, se esconde debajo de la cama.
─ Marinica, ve el telefonillo del agua (manguera), sale corriendo yo cogerle y arañarme.
El hombre de la pensión acaricia a mi perro.
─ ¿Cuántos años tiene? Grande ¿No?
─ Si… Tiene unos 15.
─ Ui, sí, grande.
─ Pues sí. No creo que le quede mucho…
─ Hmm, perdona, pero muerte ley vida.
─ No, si ya…
─ Yo en mi país hace años tenía un perro 20 años!
─ ¿Veinte? Caramba, este no creo que dure tanto.
─ 20 años con vacunas, suelto, sin… (Hace gestos, imitando una correa).
─ Correa. Este antes iba suelto. Pero ahora, como no oye, pues ve otros perros, sale corriendo, y no hay manera de pararlo. No oye nada.
─ En mi país, mi padre tenía un caballo, ciego, pero trabajaba mucho, muy fuerte, muy trabajar. Después de muchos años sin verme, yo ir con él, y me huele, y me escucha voz. Muy listo.
Se acerca una señora con un Yorkshire, el cual ladra desesperadamente a mi perro.
─ No oye otro perro. Jaja.
─ ¡Qué va, va a su bola!
Tras rastrear durante un par de minutos, un conocido del hombre de la pensión se aproxima a nosotros. Ofrece un aspecto físico descuidado: despeinado, camisa salida, pantalones sucios, alma destrozada.
─ Me acabo de tomar un ‘cortaíllo’─ asegura el ‘conocido’.
─ ¿A sí? Cortaíllo… (abriendo su diccionario mental, pasando las páginas para intentar encontrar el significado de la palabra). Ah, sí.
─ ¡Hasta luego!
─ ¿Sabes algo noticias? ─ pregunta el hombre de la pensión.
El conocido se detiene, se gira, le mira y niega con la cabeza. Se va, me voy, el hombre de la pensión se acaba el cigarrillo sentado en su banco.
─ ¿Qué tal Marinica?
─ Bien, en casa, no puedo sacarlo mucho días, suelta mucho pelo y frío. Hoy enfadado con él.
─ ¿A si? ¿Y eso?
─ Porque arañarme. Estar encima sentado en cocina y yo regañarle y él llorar ‘muu’ ‘muu’. (Una ligera carcajada distiende la conversación).
Cinco segundos de silencio.
─ Mañana quiero agua, bañar Marinica. ¡Pero tengo cuidado porque arañarme manos!
─ Jaja. A mi perro tampoco le gusta el agua. En cuanto se da cuenta que estoy preparando el baño, se escapa, sale corriendo, se esconde debajo de la cama.
─ Marinica, ve el telefonillo del agua (manguera), sale corriendo yo cogerle y arañarme.
El hombre de la pensión acaricia a mi perro.
─ ¿Cuántos años tiene? Grande ¿No?
─ Si… Tiene unos 15.
─ Ui, sí, grande.
─ Pues sí. No creo que le quede mucho…
─ Hmm, perdona, pero muerte ley vida.
─ No, si ya…
─ Yo en mi país hace años tenía un perro 20 años!
─ ¿Veinte? Caramba, este no creo que dure tanto.
─ 20 años con vacunas, suelto, sin… (Hace gestos, imitando una correa).
─ Correa. Este antes iba suelto. Pero ahora, como no oye, pues ve otros perros, sale corriendo, y no hay manera de pararlo. No oye nada.

─ En mi país, mi padre tenía un caballo, ciego, pero trabajaba mucho, muy fuerte, muy trabajar. Después de muchos años sin verme, yo ir con él, y me huele, y me escucha voz. Muy listo.
Se acerca una señora con un Yorkshire, el cual ladra desesperadamente a mi perro.
─ No oye otro perro. Jaja.
─ ¡Qué va, va a su bola!
Tras rastrear durante un par de minutos, un conocido del hombre de la pensión se aproxima a nosotros. Ofrece un aspecto físico descuidado: despeinado, camisa salida, pantalones sucios, alma destrozada.
─ Me acabo de tomar un ‘cortaíllo’─ asegura el ‘conocido’.
─ ¿A sí? Cortaíllo… (abriendo su diccionario mental, pasando las páginas para intentar encontrar el significado de la palabra). Ah, sí.
─ ¡Hasta luego!
─ ¿Sabes algo noticias? ─ pregunta el hombre de la pensión.
El conocido se detiene, se gira, le mira y niega con la cabeza. Se va, me voy, el hombre de la pensión se acaba el cigarrillo sentado en su banco.
2 comentarios:
¿dormiria su padre abrazado al caballo? Preguntaselo y habras perdido un amigo
Va a ser que me ahorraré la preguntita jejeje
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