Tras cinco décadas de convivencia, el matrimonio silente sufre un envejecimiento espiritual digno de ser alzado en lo más alto del infierno y la paciencia. Su complicidad es tan vergonzosamente escasa que, desde el primer momento que los protagonistas de esta historia intercambiaron cuatro palabras, decidieron no volver a entablar una conversación en lo que les quedaba de vida.
Sus miradas tuvieron la desgracia de tropezarse en un parque de atracciones que estaba a punto de ser cerrado por la ocultación de una prolongada suspensión de pagos. Era una tarde de otoño, de aquellos en los que el viento arrancaba de los árboles su vestido deteriorado, posándolo en el suelo, y destinándolo a ser pisado indiscriminadamente por la multitud transeúnte del parque. Era ─es─ irresistible, estrujar las hojas secas de los árboles, deleitando los oídos con el característico crujir de las hojas, equiparable al llanto desesperado de venas atrofiadas y sedientas de vitalidad floral. Atraída por un empalagoso aroma goloso, Angustias se impacienta mientras espera en la cola de una parada de manzanas de caramelo. Un disparo de aliento libidinoso choca contra su nuca y le alerta de la presencia fálica de un comprador que espera, tras ella, poder saciar sus instintos caníbales mordiendo el fruto prohibido. El inquieto cerebro de Angustias empieza a construir la imagen del sujeto con el cual se encadenaría el resto de su vida. Olor a sobaco, Brumel, fritanga y otros elementos que injustamente se asocian a la cuestionable figura estereotipada del macho ibérico, impregnan el cuerpo sudoroso de Expósito. Aunque puede parecer un aroma nada agradable, Angustias, cual gata en celo, se derrite ante aquél cóctel de feromonas desbocadas y no puede, ni quiere, continuar imaginando el cuerpo que, poco después, le poseería y le conduciría a un pozo de asfixia sexual.
El antojo de manzana se desnuda, irresistiblemente, ante la aparente ansia descomunal de banana tropical. Camuflados tras las voyeurísticas hojas de los arbustos que separaban las atracciones, Expósito intenta llevar las riendas de la cópula, pero Angustias no consintie la sumisión anhelada por su compañero coital.
Angustias e Inocencio, pareja que, tras aquél salvaje encuentro inicial, constituyó un aparente feudo carnal, dominado por una corriente de machismo y esclavitud similar al sadomasoquimo incitado por el televisivo Kunta Kinte. .
Sus miradas tuvieron la desgracia de tropezarse en un parque de atracciones que estaba a punto de ser cerrado por la ocultación de una prolongada suspensión de pagos. Era una tarde de otoño, de aquellos en los que el viento arrancaba de los árboles su vestido deteriorado, posándolo en el suelo, y destinándolo a ser pisado indiscriminadamente por la multitud transeúnte del parque. Era ─es─ irresistible, estrujar las hojas secas de los árboles, deleitando los oídos con el característico crujir de las hojas, equiparable al llanto desesperado de venas atrofiadas y sedientas de vitalidad floral. Atraída por un empalagoso aroma goloso, Angustias se impacienta mientras espera en la cola de una parada de manzanas de caramelo. Un disparo de aliento libidinoso choca contra su nuca y le alerta de la presencia fálica de un comprador que espera, tras ella, poder saciar sus instintos caníbales mordiendo el fruto prohibido. El inquieto cerebro de Angustias empieza a construir la imagen del sujeto con el cual se encadenaría el resto de su vida. Olor a sobaco, Brumel, fritanga y otros elementos que injustamente se asocian a la cuestionable figura estereotipada del macho ibérico, impregnan el cuerpo sudoroso de Expósito. Aunque puede parecer un aroma nada agradable, Angustias, cual gata en celo, se derrite ante aquél cóctel de feromonas desbocadas y no puede, ni quiere, continuar imaginando el cuerpo que, poco después, le poseería y le conduciría a un pozo de asfixia sexual.
El antojo de manzana se desnuda, irresistiblemente, ante la aparente ansia descomunal de banana tropical. Camuflados tras las voyeurísticas hojas de los arbustos que separaban las atracciones, Expósito intenta llevar las riendas de la cópula, pero Angustias no consintie la sumisión anhelada por su compañero coital.
Angustias e Inocencio, pareja que, tras aquél salvaje encuentro inicial, constituyó un aparente feudo carnal, dominado por una corriente de machismo y esclavitud similar al sadomasoquimo incitado por el televisivo Kunta Kinte. .
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