Tras cinco décadas de convivencia, el matrimonio silente disfruta de una juventud espiritual digna de ser alzada en lo más alto del podio de la paciencia y la serenidad. Su complicidad es tal, que desde el primer momento que se vieron, apenas han cruzado un par de palabras entre ellos.
Sus miradas se enlazaron en un parque de atracciones. Era una tarde de otoño, de aquellos en los que hacía mucho viento, se caían las hojas de los árboles, y un amplio abanico de marrones cubría el panorama paisajístico. Nostalgia otoñal, incrementada gracias al cruel, pero justo, cambio climático. Atraído por el hechizante aroma dulzón, Inocencio hace cola en una parada de manzanas de caramelo. Un profundo suspiro le alerta de la presencia de un comprador, o compradora, a sus espaldas, esperando, como él, poder deleitar su paladar con la anhelada mezcla de azúcar crujiente y manzana espumosa. Sin moverse ni un solo centímetro, esboza los rasgos del cuerpo que, tras él, espera su turno. Sus fosas nasales trabajan a consciencia para detectar su aroma y, de esta manera, poder perfilar los detalles de aquél sujeto. Coco, olía a coco. ¿Era su perfume o una estrategia subliminal de la paradita de dulces para atraer clientes impulsivos? Una tempestad de dudas, curiosidad y excitación empaparon la cautela que, hasta el momento, Inocencio había mantenido. Debía girarse, iba a hacerlo, le quería ver con sus propios ojos. Por un momento prefirió que su imaginación e incertidumbre se mantuviera con el anhelo de conocerle, ya que, posiblemente, tras la visualización de aquella persona, volvería a darle un empujón a su autoestima, a su supuesta capacidad de atracción masculina.
Lo hizo: se giró, le miró, le encandiló, le agarró de la camisa y le condujo a un desenfreno de placer y pasión. Las manzanas de caramelo se derritieron, dieron lugar a un viscoso olvido post-coital.
Después del breve ─pero apasionado─ intercambio de fluidos tras los matorrales adyacentes a montaña rusa, Milagros e Inocencio se cogieron de la mano e iniciaron un contrato de silencio, pasión, fidelidad e intuición mutua de por vida.
Milagros e Inocencio, un flechazo instantáneo. Pareja que vive, APARENTEMENTE, una envidiable efervescencia eterna.
Sus miradas se enlazaron en un parque de atracciones. Era una tarde de otoño, de aquellos en los que hacía mucho viento, se caían las hojas de los árboles, y un amplio abanico de marrones cubría el panorama paisajístico. Nostalgia otoñal, incrementada gracias al cruel, pero justo, cambio climático. Atraído por el hechizante aroma dulzón, Inocencio hace cola en una parada de manzanas de caramelo. Un profundo suspiro le alerta de la presencia de un comprador, o compradora, a sus espaldas, esperando, como él, poder deleitar su paladar con la anhelada mezcla de azúcar crujiente y manzana espumosa. Sin moverse ni un solo centímetro, esboza los rasgos del cuerpo que, tras él, espera su turno. Sus fosas nasales trabajan a consciencia para detectar su aroma y, de esta manera, poder perfilar los detalles de aquél sujeto. Coco, olía a coco. ¿Era su perfume o una estrategia subliminal de la paradita de dulces para atraer clientes impulsivos? Una tempestad de dudas, curiosidad y excitación empaparon la cautela que, hasta el momento, Inocencio había mantenido. Debía girarse, iba a hacerlo, le quería ver con sus propios ojos. Por un momento prefirió que su imaginación e incertidumbre se mantuviera con el anhelo de conocerle, ya que, posiblemente, tras la visualización de aquella persona, volvería a darle un empujón a su autoestima, a su supuesta capacidad de atracción masculina.
Lo hizo: se giró, le miró, le encandiló, le agarró de la camisa y le condujo a un desenfreno de placer y pasión. Las manzanas de caramelo se derritieron, dieron lugar a un viscoso olvido post-coital.
Después del breve ─pero apasionado─ intercambio de fluidos tras los matorrales adyacentes a montaña rusa, Milagros e Inocencio se cogieron de la mano e iniciaron un contrato de silencio, pasión, fidelidad e intuición mutua de por vida.
Milagros e Inocencio, un flechazo instantáneo. Pareja que vive, APARENTEMENTE, una envidiable efervescencia eterna.
1 comentarios:
Aparentemente...
¿y cuánto tardarás en hacernos ver que las apariencias engañan?
I just can't wait...
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