24 August 2007

BABA DE CARACOL


Mi habitación, antro adjunto a un patio interior ‘de luces’, es un claro chivato de el estado metereológico del exterior. Esta mañana, la lluvia me ha despertado: la uralita tiene la terrible capacidad de magnificar el sonido de incluso las más diminutas gotas de agua. El cielo parecía que se venía abajo. Parecía que un ejercito descomunal, compuesto por miles de millones de soldados mal follad@s, tirachinas en mano, apuntando y disparando con toda la mala leche del mundo, intentara liquidar a los pobres inocentes que, como yo, intentaban dormir lo máximo posible para, de esta manera, intentar que domingos como este, se acortaran generosamente.

“¿Será granizo? ¿Se me estará bollando el coche?” Fue lo primero que pensé al oír la salvaje tormenta.

Mi perro, ansioso por salir a la calle para poder hacer sus propias necesidades fisiológicas, ladraba sin parar y me hacía la pelota constantemente para que me colocara cuatro prendas de ropa arrugadas y lo sacara a pasear. Dicho y hecho. Enlegañado perdido, pelos de loca grasientos, marcas de las sábanas en mi rostro, y con el rictus arrugado y refunfuñón típico del recién levantado, abría las ventanas para ventilar el concentrado ambiente somnífero-putrefacto que deambulaba por toda la superficie habitable. Mi pene se encogió y mis pezones se empitonaron automáticamente (cual anuncio de Kas naranja-limón) al respirar el ambiente gélido que entraba por la rendija de la ventana. Inmediatamente, abrí el armario, no para volverme a aposentar en él, sino para buscar una prenda de ropa mínimamente potable, ni muy gruesa ni demasiado ‘light’, y poder sacar al perro sin riesgo de pillar el típico resfriado tonto de verano.

Una vez en la calle, desierta de día y de noche (venerado seas, Agosto), observé la persistente fina lluvia (showers, en inglés). Me dirijo al parque, mi perro caga, recojo el excremento y, mientras camino hacia la papelera, cometo un crimen del cual aún no me he recuperado emocionalmente, y que ha dado nombre a estas improvisadas líneas.

Describamos lo ocurrido en cámara lenta, slowmotion.

Mis pies, amortiguados por unas plantillas esenciales para no morir de dolor de talones, se adhieren a mis zapatillas deportivas, las cuales se deslizan lentamente por el cemento alisado de la plaza. Cuando, confundido por el encandilamiento sonámbulo, consigo divisar una papelera, mis piernas, los timones articulatorios de mi cuerpo, cambian el rumbo e inician la correspondiente aproximación al depósito de residuos. Una vez me encuentro ante el destino, me dispongo a dar el último paso para poder deshacerme de la bolsa-recoge-mierdas: mi pie se levanta, lleva a cabo los últimos esfuerzos para alzarse y poder alcanzar la papelera, se dispone a aterrizar pero, en aquél momento, algo terrible ocurre.

Un crujir similar al sonido del aplastamiento de las hojas secas y otoñales, paralizan mi pie derecho. Mi cuerpo, al percibir aquél espantoso retumbo articulatorio, se detiene y, durante unos segundos, permanece inamovible, totalmente paralizado: el caparazón aplastado del caracol, cubierto de sus vísceras gelatinosas, actúan como un cemento desaforado. No me atrevo a mirar al suelo, mi consciencia empieza a temer el crimen atroz que acabo de cometer. Mi mirada, se estaca en el horizonte, intuye, se avergüenza, de lo sucedido. Instantes después, mi campo visual se desplaza bruscamente hacia el suelo. Es entonces cuando me doy cuenta que aquella plaza, más que un parque, una zona de ocio en la que los niños disfrutan, los abuelos se aposentan y miran su meta final, y el hombre de la pensión me da chicha argumental para mis paranoias narrativas, parece un zoológico, una reserva natural tematizada tipo ‘Jurassic Park’, en la que infinidad de caracoles viven tranquilamente.

Cual bailarina (o bailarín, porqué no, ¡arriba Billy Elliot!) de ballet, salí del parque con máximo cuidado para no volver a triturar aquellos seres hermafroditas que tanto misterio me causaban. Su personificación es fantasmagórica: durante todo el año, por más que te empeñas, no se ven; cuando por fin llueve, aparecen de la nada, sobrepoblan los campos y parques, inconscientes, sin saber que su destino más probable es acabar en un barreño lleno de agua, posteriormente en una cazuela con tomate y guindilla y, finalmente, amputados con un palillo de madera, devorados por seres hambrientos o, peor aún, fosilizados en la vitrina-expositor de una tienda de comida preparada (denominada ‘comida de la abuela/madre’, luego hay quejas de sexismo…), precio 8€ la ración.

La consciencia se reconcomía ferozmente al recordar el desalmado asesinato que había cometido. No podía quitarme de la cabeza aquél horrible crujir bajo mi zapatilla. ¿Qué podía hacer para desfogarme y, de esta manera, intentar minimizar el sentimiento de culpa que anegaba cada uno de los glóbulos rojos que fluían por mi sangre? No lo dudé ni un segundo. Abrí el Word, y empecé a escribir este estúpido texto, interrumpido varias veces por diversas causas ajenas, o no, a mi voluntad.

Domingo lluvioso, eterno, monótono, nada fructífero, nada que hacer. La oscuridad no tardó en violar la escasa claridad del día. Antes de ir a dormir, entrada ya la mística madrugada, volví a sacar al perro para que, al día siguiente, a primera hora de la mañana, no estuviese ladrando y suplicando una nueva salida fisiológica. La calle, una vez más, parecía un vampiro moribundo, silente, misterioso, y repleto de seres sonámbulos que deambulaban sin importarles ser aplastados. Me emocionó ver decenas de caracoles rastreando por el suelo de manera clandestina.

De repente, algo llamó mi atención: unas voces infantiles se acercaban lentamente. Tres niños de unos 10 años, hijos del típico bar de barrio que se forra en verano gracias a las improvisadas terrazas que intentan menguar el aburrimiento de los clientes a costa de vaciarles el bolsillo, se aproximaron al parque y se sentaron en un banco. Mi corazón se encogió al ver lo que tenían en las manos: cajas de zapatos con agujeros en la tapa. En aquél momento sólo pensaba en prohibirles que los capturaran, en hacerles comprender que el cautiverio es un acto que priva la libertad de los seres vivos. ‘¡No seas gilipollas!’ me dije a mí mismo. ‘Tú también has sido pequeño, le has pedido una hoja de lechuga a tu madre, y has paseado orgulloso tus caracoles por el barrio. Déjalos que ellos también pasen por esa etapa’. Intenté meterle prisas a mi perro para que apresurara, cagara y meara rápidamente, y evitar ser testigo de la inminente captura, pero mis esfuerzos fueron inútiles. Los niños alucinaron al ver la abismal cantidad de caracoles que había por el suelo. “¡Uala, mira, joder tío qué pasada, hay mil, mira este qué grande, otro!”

Uno de los niños, conforme con la cuantía de caracoles recogidos, dejó la recolecta y volvió al banco. Cogió el más gordo y dejó que éste se desplazase por su cuello, brazos y manos.

─¿Qué haces? ¡Estás loco!─ Exclamó el más grande de los críos.
─¡Mira el rastro que deja, es super ‘chulo’!
─ ¡Uala, es verdad, deja el rastro eh!
─ Sí, es ‘Baba de Caracol’, y te deja la piel (¡atención...!) brillante, suave y tersa. Si no te lo crees, pruébalo tú mismo, ya verás, va muy bien.
─ ¿A ver? ¡Ai, qué guay, qué sensación, es verdad que te la deja brillante!

No daba crédito a lo que estaba viendo. Pensaba que ver a niños jugando al ‘Polígrafo’ en la hora del recreo era el exponente/espejo más claro de la agresiva influencia que la televisión dicta en nuestro día a día.

Volví a casa, eran las tantas de la madrugada. Puse la tele. Teletienda. ¡Compre el extracto de baba de caracol que puede regenerar su vida ‘Baba de caracol es lo mejor que me pudo pasar’ […] Llámenos ya y aproveche esta fantástica oferta!

Interesad@s llamad al:

902…


1 comentarios:

poderío said...

A mí también me encanta cómo el mundo animal se va haciendo hueco en las ciudades. Donde yo vivo cada vez hay más especies de pájaros, y por ejemplo los cormoranes, que antes no se veían nunca, ahora se atreven a echarse sus vuelos por el puerto o la playa de vez en cuando. También sé que en algunas urbanizaciones de Castilla o Madrid está empezando a haber jabalíes descarriados o aves de carroña. Es un poco Mad-Max, creo.

El niño de la baba de caracol que comentó lo de la piel suave y tersa tiene futuro como perfumista / cosmetólogo y "metrosexual", para qué nos vamos a engañar...