Construir un escaparate seductor fue el objetivo principal que Milagros e Inocencio se plantearon minutos poco después de aquél inolvidable coito con sabor a manzana de caramelo. Cualquier comentario, palabra, mirada o suspiro, implicaba un latigazo (con sangre, infección incluida, pero sin cicatriz alguna) del uno al otro. No fue difícil darse cuenta de que se habían condenado de porvida, tal y como diría Capote, un ‘noble pero implacable amo’.Posiblemente comparable a un trastorno bipolar, la relación entre Milagros e Inocencio adoptó, de manera automática y sin ningún esfuerzo añadido, una naturalidad camaleónica digna de una ‘mariquita’ camuflada en piel de un supuesto hetero, hecho y derecho.
Prisioneros de la opinión social, del ‘quédirán’, esclavos de la opinión externa, Milagros e Inocencio se convirtieron, de manera totalmente clandestina, en excelentes obreros de la construcción de fachadas balsámicas y utópicas.
Ambos vivían en un submarino blindado herméticamente por puertas de acero que imposibilitaban la penetración de oxígeno que les pudiese infectar de alegría y/o felicidad. Cuando las compuertas se cerraban, el paraíso con nubes de algodón, colores pastel, sonrisas, caricias y caminar a cámara lenta (i.e. cual anuncios de compresas de finales de los 90), daba paso a un infierno de batallas campales donde sus vísceras, teñidas de venganza, odio y rencor, se ponían manos a la obra para minimizar al máximo posible el contrincante. Paraíso externo VS Infierno interior. Así es como, desde este punto de vista externo y superficial, parece resumir la relación de Milagros e Inocencio.
Si esta misma relación se observa desde un prisma no tan puramente simplista, podríamos hallar una visión alternativa y nada despreciable. Salir de casa implicaba ponerse el disfraz de envidiable pareja feliz e ideal; el verdadero infierno era, realmente, el maquillar una farsa que ocultase la putrefacción interior del matrimonio. El campo de batalla vivido en secreto, resultaba ser, paradójicamente, el terreno en el que ambos eran felices, donde no ocultaban sentimientos, donde exteriorizaban sus instintos; donde, al fin y al cabo, eran ellos mismos.
A pesar de los maltratos recíprocos que ambos se propiciaban, Milagros e Inocencio decidieron prolongar la mentira en la cual estaban inmersos hasta el fin de sus vidas. Muchos pensaréis que arrojaron la toalla, que se acomodaron a una relación que, desde el primer día, estaba predestinada al fracaso. Ellos, sin embargo, valoran el silencio como una inyección de paz y tranquilidad que les ofrece valiosos minutos de reflexión y serenidad. Sentados en el banco de un parque, silentes, mirando el horizonte, Milagros e Inocencio cuentan los días que faltan para que la muerte les ofrezca el descanso que tanto ansían. Mientras tanto, quien cree conocerlos siguen poniéndolos como ejemplo de pareja a imitar, donde el respeto y el amor rebosan cual espuma en copa de cava. Un cava cuyas burbujas son puro marketing para ser engullido y saboreado pensando que es el mejor del mercado. Un cava que entrar por el ojo, pero que, una vez en las paredes oscuras del estomago lo cuidan de las agresiones externas, causa un daño y un revoltijo que evocan ganas de vomitar. Vómitos sinceros, arrebatos pasionales, pura esencia de sinceridad. Vómitos literarios.
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