26 April 2008

TRAYECTO EN AUTOBÚS

A pesar del horrible cóctel de olores, microbios y politonos telefónicos, viajar en autobús es una experiencia que me apasiona. Me gusta sentarme tras la última fila de 4, ya que ésta me brinda una perspectiva orgásmica para todo aquél con espíritu de voyeur no oculto. Disfruto, como gran parte de ciudadanos, observando al resto de viajeros, fisgoneando qué leen, qué escuchan, de qué hablan por el móvil, qué estarán pensando, qué será de sus vidas.

Hace pocos días cogí un autobús para volver a casa. Llovía, estaba cansado, y me daba mucha pereza caminar Rambla abajo. Una vez aposentado en la última fila, empecé a alimentar mi perversa mente mediante un mediocre ejercicio de especulación que, a continuación, expongo mediante el análisis del primero de los dos elementos que llamaron notablemente mi atención:

LIBRO FORRADO CON PAPEL DE PERIÓDICO

Me llamó la atención una chica, ventiañera, estilo hippie ─no piojoso, ni jipioso─, la cual parecía estar leyendo. En sus manos sostenía un libro cuyas tapas estaban forradas con papel de periódico. La ocultación, el morbo por saber qué y porqué esconde, el misterio en general, despierta en el ser humano unas compulsivas ansias por construir una argumentación de lo desconocido. Lo tenía en bandeja, oportunidad única para hacer un esbozo de lo que se escondía ante aquellas estúpidas tapas supuestamente protegidas con papel de diario. Muchos diréis que la protección, la conservación de la integridad del libro, justifica dicho acto.

De hecho, cuando era pequeño, esperaba impaciente la primera semana de septiembre para comprar los libros de texto y embarcarme la arriesgada aventura de forrarlos. Recuerdo nítidamente el ritual: comprar el forro de plástico en Carrefour (por entonces, Continente o Pryca), cortar las solapas con un impecable tajo diagonal, plegar las dobleces y, finalmente, con una regla (que posteriormente, al ver las interminables burbujas de aire resultantes de mi poca maña, substituí por un trapo), extender el forro por las tapas.

Según mi madre, forrar los libros con periódico era una práctica muy extendida en su época. Sin embargo, me temo que la susodicha lectora del autobús pretendía hacerse la ‘cool’, alternativa o, si más no, llenar el vacío de interés que despierta atrayendo miradas incrédulas del resto de pasajeros.

Supongo que también hay gente que recurre a dichas fundas integrales de papel de periódico porque hay según qué tipo de literatura, si es que así se le puede llamar, de la cual no es difícil avergonzarse cuando se muestra en público y se empieza a leer.

Existe otra posibilidad, más cercana a la una más que probable conspiración y un crimen literario, digna de ser sinopsis de un film ‘noir’. La asesina, camuflada bajo la piel de lectora compulsiva, lee decenas de novelas negras con el fin de inspirar las raíces del que será un crimen pasional, retorcido, premeditado, frío y oscuro, muy oscuro. Tras empaparse de infinidad de ideas homicidas, lleva a cabo su plan. Se dirige al domicilio de la víctima. Ésta, dejándose llevar por un estúpido protocolo que, como opción, encaja en una preocupante mayoría de contextos, le ofrece café y se dirige a la cocina para prepararlo. Mientras tanto, la asesina última detalles, prepara las armas que brindarán a la víctima un estupendo viaje hacía el final (o el principio, según cómo se mire). Tras cometer el crimen planeado, abandona el domicilio sin darse cuenta del mayor de sus fallos: el periódico destiñe, deja las manos impregnadas de un color áspero y grisáceo y, además, es un claro delator de nuestra presencia.

El segundo elemento que me gustaría analizar lo he titulado “Sonrisa Perpetua”. Dada mi poca habilidad de síntesis, creo que lo desarrollaré en otro post. Hasta entonces, disfruten, tal y como yo y el resto de la población hace, aunque no lo quiera reconocer, especulando sobre el posible contenido que dicho título pueda abrazar.

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